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OBRAS
D E
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
OBRAS DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
BIBLIOTECA CALLEJA
VERSO
PRIMERAS POESÍAS
ARIAS TRISTES
OLVIDANZAS
ELEGÍAS
LABERINTO
POEMAS IMPERSONALES
APARTAMIENTO
EL SILENCIO DE ORO
SONETOS ESPIRITUALES
ESTÍO
ETERNIDADES
POESÍAS ESCOGIDAS
PROSA
PROSA PRIMERA
POEMAS EN PROSA
RECUERDOS
PLATERO Y YO
LA COLINA DE LOS CHOPOS
ELEGÍA A LA MUERTE DE UN HOMBRE
LAS FLORES DE MOGUER
VIDAS PARALELAS
SEVILLA
CUENTO Y SUEÑOS
CREACIÓN
MISS CONCIENCIA
LIBRO COMPASIVO
VERSO Y PROSA
ESTO
DIARIO DE UN POETA RECIÉN CASADO
MONUMENTO DE AMOR
7Ti
TpOGT
S AlVOV
OBRAS
D E
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
DE UN POETA
RECIÉN CASADO
(Í916)
TERCERA EDICIÓN
CASA EDITORIAL CALLEJA
MADRID
I 9 I 7
PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT 1917 BY
CASA EDITORIAL CALLEJA
De esta obra se han tirado 100 ejem-
plares numerados en papel de hilo.
DIARIO
DE UN POETA
RECIÉN CASADO
— I 9 I 6 —
A
RAFAEL CALLEJA
ESTA BREVE GUÍA DE AMOR
POR TIERRA, MAR Y CIELO
\JVO el ansia de color exótico, ni el afán
de «necesarias» novedades. La que viaja,
siempre que viajo, es mi alma, entre almas.
Ni más nuevo, al ir, ni 7nás lejos; más
hondo. Nunca más diferente, más alto siem-
pre. La depuración constante de lo mismo,
sentido en la igualdad eterna que ata por
dentro lo diverso en un racimo de armonía
sin fin y de reinternación permanente. En
la tarde total, por ejemplo, lo que da la
belleza es el latido íntimo de la caída idén-
tica, no el variado espectáculo externo; la
exactitud del latido. El corazón, si existe,
es siempre igual; el silencio, verdadera len-
gua universal ¡y de oro!, es el mismo en
todas partes.
En este álbum de poeta copié, en leves
notas, unas veces con color solo, otras sólo
con pensamiento, otras con luz sola, siempre
frenético de emoción, las islas que la entra-
ña prima y una del mundo del instante su-
bía a mi alma, alma de viajero, atada al
centro de lo único por un hilo elástico de
gracia-, pobre alma rica, que, yendo a lo suyo,
se figuraba que iba a otra cosa... o al revés,
¡ay!, si queréis.
Madrid, 3 de setiembre de 1916.)
SALUDO DEL ALBA
¡Cuida bien de este día ! Este día es la
vida, la esencia misma de la vida. En su
leve trascurso se encierran todas las rea-
lidades y todas las variedades de tu exis-
tencia: el goce de crecer, la gloria de la
acción y el esplendor de la hermosura.
El día de ayer no es sino un sueño y el
de mañana es sólo una visión. Pero un hoy
bien empleado hace de cada ayer un sueño
de felicidad y de cada mañana una visión
de esperanza. iCuida bien, pues, de este día!
(Del sánscrito.)
Diario
2
I
HACIA EL MAR
I
Madrid,
17 de enero Je 1916.
UÉ cerca ya del alma
I V^lo que está tan inmensamente lejos
de las manos aún!
como una voz sin nombre
traída por el sueño, como el paso
de algún corcel remoto
que oímos, anhelantes,
el oído en la tierra;
como el mar en teléfono...
Y se hace la vida
por dentro, con la luz inextinguible
de un día deleitoso
que brilla en otra parte.
Como una luz de estrella,
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
¡Oh, qué dulce, qué dulce
verdad sin realidad aún, qué dulcel
I I
Madrid,
17 de enero.
D AÍCES y alas. Pero que las alas arraiguen
* ^ y las raíces vuelen.
I I I
Madrid,
18 de enero.
T\ /TIENTRAS trabajo, en el anillo de oro
^ • ^puro me abrazas en la sangre
de mi dedo, que luego sigue, en gozo,
contigo, por toda mi carne.
¡Qué bienestar! ¡Cómo mis fuertes venas
de ti van, dulces, embriagándose,
cual de una miel celeste que tuviera
la luz de los eternos cálices.
Mi corazón entero pasa, río
vehemente y noble, bajo el suave
DE UN POETA RECIÉN CASADO
anillo que, por contenerlo, en círculos
infinitos de amor se abre.
I V
Madrid,
20 de enero.
CLAVO débil, clavo fuerte.
Alma mía, (qué más da!
Fuera cual fuera la suerte,
el cuadro se caerá.
V
En tren,
21 de enero, madrugada.
LA MANCHA
UNA estrella sin luz
casi, en la claridad difusa
de la luna extendida por la niebla,
vigila tristemente todavía
los olivares de la madrugada
que ya apenas se ven.
El campo,
trastornado e informe e incoloro
en la sombra
2 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
que, gris, se va y la luz gris que se viene,
empieza vagamente a limitarse,
con el alba,
de luces y colores...
¡Alma mía
salida ahora de tu sueño, nueva,
tierna, casi sin luz ni color aún, hoy
— como un recién nacido —
por este campo viejo que cruzaste
tantas veces
— los olivares de la madrugada — ,
tantas veces, con ansia y sin sentido,
a la luz de la estrella inextinguible
de tu amor infinito, ¡cuánto tiempo
náufrago de la luna!
... Una estrella
vigila tristemente... todavía...
los olivares de la madrugada
... que casi no se ven
ya... en el recuerdo...
2 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
V I
En tren,
21 de enero, madrugada.
SOÑANDO
O, no!
Y el niño llora y huye
sin irse, un punto, por la senda.
¡En sus manos
lo lleva!
No sabe lo que es, mas va a la aurora
con su joya secreta.
Presentimos que aquello es, infinito,
lo ignorado que el alma nos desvela.
Casi vemos lucir sus dentros de oro
en desnudez egregia...
— ¡No, no!
Y el niño llora y huye
sin irse, un punto, por la senda.
Podría, fuerte, el brazo asirlo...
El corazón, pobre, lo deja.
2 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
VII
En tren,
21 de enero.
LOS ROSALES
S el mar, en la tierra.
'Los colores del sur, al sol de invierno,
tienen las ruidosas variedades
del mar y de las costas...
¡Oh mañana en el mar! — digo, ¡en la tierra
que va ya al mar!
Hora en Sevilla,
21 de enero.
VIII
¡GIRALDA!
Lynda syn comparagion,
Claridat é luz de España.,.
ViLLASANDINO.
GIRALDA, ¡qué bonita
me pareces, Giralda — igual que ella,
alegre, fina y rubia — ,
mirada por mis ojos negros — como ella — ,
apasionadamente!
2 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
[Inefable Giralda,
gracia e inteligencia, tallo libre
— ¡oh palmera de luz!,
¡parece que se mece, al viento, el cielo! —
del cielo inmenso, el cielo
que sobre ti — sobre ella — tiene,
fronda inefable, el paraíso!
TODA mi alma, amor, por ti es conciencia,
y todo corazón, por ti, mi cuerpo.
Es cual un cielo azul de primavera
en la copa de un árbol de flor lleno.
Sol nuevo de la gloria, lo que pienso
azula y dora, lejos de ella y cerca,
la blanca y pura flor de lo que siento
lejos y cerca de la lumbre célica.
Amor, y tú no estás allí, ni fuera;
mi flor te mira igual que mira al cielo;
y eres la misma flor, y eres la esencia,
como el cielo del árbol, de mi pecho.
IX
De Sevilla a Moguer, en tren,
21 de enero.
AMANECER DICHOSO
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
X
A Moguer,
21 de enero.
MADRIGAL
A TI
E
L sol, más fuerte y puro
cada vez, como
mi amor.
Cuanto aprendiera
a ver aquí, los años juveniles,
había de encontrarlo luego
en ti..., ahora, amor, paisaje, jardín mío,
tan mío como el campo este
en el que vieron esta luz mis ojos,
a la que luego, ahora, te han mirado,
¡andaluza del cielol
X I
A Moguer,
21 de enero.
PRIMER almendro en flor,
tierna blancura casta,
¡cuál sales a mi encuentro
(En voz alta.)
2 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
lo mismo que su alma!
— ... su alma, que venía, (En voz baja.)
anoche, por La Mancha,
velando mi desvelo
con su hermosura blanca,
en la nube caída, (Ya no se dice.)
en las rápidas aguas,
en las rondas de humo,
en la luna que daba
en mi alma...
XII
De San Juan a Moguer, en coche,
21 de enero.
GRACIA
A TI
ESTA gracia sin nombre ni apellido
es la que tienes tú.
Las confusiones
celestes y de oro de tus risas,
tus ojos, tus cabellos,
son la rubia belleza
de este enredo de cielo limpio y sol alegre
que lo traspasa todo
con su sola gracia.
2 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
¡Gracia, enredo divino
sin cabo y sin salida; luz,
gracia, del color; gracia, alegría
de la luz; color, gracia,
de la alegría!
MOGUER. Madre y hermanos.
El nido limpio y cálido...
¡Qué sol y qué descanso
de cementerio blanqueado!
Un momento, el amor se hace lejano.
No existe el mar; el campo
de viñas, rojo y llano,
es el mundo, que el mar adorna sólo, claro
y tenue, como un resplandor vano.
|Aquí estoy bien clavado!
¡Aquí morir es sano!
¡Este es el fin ansiado
que huía en el ocaso!
XIII
Moguer,
23 de enero.
MOGUER
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Moguer. ¡Despertar santo!
Moguer. Madre y hermanos.
TARDE EN NINGUNA PARTE
(MAR DE ADENTRO)
T C STE instante
• • • 0 1—^de paz — sombra despierta — ,
en que el alma se sume
hasta el nadir del cielo de su esfera!
¡Este instante feliz*, sin nueva dicha,
como un lago de oro
rodeado de miserias!
— ...Todo lo inunda el alma,
y ella se queda
alta, sola,
fuera — .
¡Este instante infinito — cielo bajo — ,
entre una larga y lenta
ola del corazón — despierta sangre —
y una antigua, olvidada
y nuevamente vista estrella!
XIV
Moguer,
25 de enero.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
XV
Moguer,
26 de enero.
A UNA MUJER
QUE MURIÓ, NIÑA, EN MI INFANCIA
CEMENTERIO DE MOGUER
VEINTE años tienes en la muerte.
Eres ya una mujer — ¡qué hermosa eres! —
Veinte años... |Te pareces a esta aurora
bella y fría — ¡qué pural — , tierra y gloria!
X V I
De Moguer al tren, en coche,
27 de enero.
AMANECER
?/^\UÉ malestar, qué sed, que estupor
• • • I [duro,
entre esta confusión de sol y nube,
de azul y luna, de la aurora
retardada!
Escalofrío. Pena aguda...
3 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Parece que la aurora me da a luz,
que estoy ahora naciendo,
delicado, ignorante, temeroso
como un niño.
Un momento volvemos a lo otro
— vuelvo a lo otro — , al sueño, al no nacer — ¡qué
y tornamos — y torno — a esto, [lejos! —
solos — solo... —
Escalofríos...
XVII
En tren, a Sevilla,
27 de enero.
DUERMEVELA
Vestida toda de blanco,
toda la gloria está en ella.
Romance popular.
VrESTIDA tu pureza
con el blanco vestido
de desposada, ibas
por mi sueño tranquilo,
cual con tu traje blanco
de niña, ante mí, niño.
D]l ARIO 33 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Y me dabas, riendo
en tus ojos floridos,
con el anillo de hoy,
el áureo rizo antiguo.
|Rizo fino de niña,
arco iris divino
del prado — el corazón —
de tu amanecer nítido!
que, como tú, llena ella el mundo,
tan pequeño y tan mágico con ella, digo,
contigo, ¡tan inmenso,
tan vacío sin ti, digo, sin ella!
¡Sevilla, ciudad tuya,
ciudad mía!
XVIII
Sevilla,
27 de cuero.
TÚ Y SEVILLA
Me parece
3 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
XIX
Sevilla,
27 de enero.
DE LA GUÍA CELESTE
L PARAÍSO: Paraje breve e infinito, «lyndo
*^syn comparagiom — Villasandino — , trasun-
to fiel de la ciudad terrena — conocida bien del
viajero — de Sevilla, «briosa ciudat extraña»
— Autor citado — . Sito exactamente en el lugar
del cielo que corresponde, con su azul, a dicha
ciudad «claridat e luz de España^ — Autor ci-
tado— . En la primavera univérsal, suele El
Paraíso descender hasta Sevilla.
^^\Do Jermaaaanal
... El tren no va hacia el mar, va hacia el verano
verde de oro y blanco.
XX
A Cádiz, en tren,
28 de enero.
¡DOS HERMANAS!
IELO azul y naranjas:
3 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Una niña pregona: «¡VioZeeeetaa.h
Un niño: «¡Agüiiiita frejcah
Yo, en un escalofrío sin salida,
sonrío en mi tristeza y lloro de alegría.
— Dos cables: «Madre, Novia: Moguer, Long-
Island; Flushing: Naufragué, en tierra, en mar
[de amor.»
donde iba yo antes,
cuando en este paisaje
viví, que hoy paso, grave...
- — ¡Dulce, corto viajar
del pueblo al naranjal,
de la novia al pinarl —
¡Olivos y pinares!
¡Ponientes de oro grande!
¡Qué bien, qué bien estabais!
... ¡Qué bien, qué bien estáis!
X X I
A Cádiz,
28 de enero.
'REN de todas las tardes,
3 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
|Aquí! ¡A ninguna parte
más que aquí!
— ¡Qué bienl —
Cae
hacia el mar ya, inefable
como una mujer, madre
de aquí, hermana, amante
de aquí, la tarde, amor, ¡mi tardel
XXII
Estación de Utrera,
28 de enero.
A UNA ANDALUZA
COMO ESA
TU recuerdo es en mí, áspero y franco,
como el color de aquellas rosas, reventonas
en el viento de abril
que parte el día con su proa
de cristal tosco. Desordena
mis pensamientos abatidos con la
risa con gallos con que abre
la sombra
de la noche sutil y desviada,
la sana aurora vulgarota.
3 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DI ARIO
XXIII
Jerez,
28 de Enero.
¡A
DIÓS...1
Y me parece
que la tarde ¡una lágrima! se tiende
desnuda, inmensamente,
tras mi, por retenerme...
I de los muertos instantes
en que fuimos felices!
la memoria, con cada uno de ellos,
— como en un viento grande
de ruina y sequedades —
su adorno y su paisaje...
¡Y son marismas secas, sales
rojas, altas lagunas que creímos mares!
XXIV
A Cádiz, anochecer grana,
28 de enero.
PUERTO REAL
UÉ miedo el acordarse
Trae
3 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
XXV
Cádiz,
29 de enero, amaneciendo.
LA terrible amenaza
es esta:
«Se caerá, sin abrir, la primavera.»
— ¡Y no tendrá la culpa
ella!—
Verá bien con sus ojos
negros, rojos de lágrimas secretas,
el camino de gloria
de la alegría exacta y verdadera...
Pero le cerrarán, justos,
la puerta.
Será su alma la más sana
de las almas primeras.
Pero le cerrarán, justos,
la puerta
a su carne, lo mismo
que si loca estuviera.
— |Y no tendrá la culpa
ella!—
3 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
UN cuando el mar es grande,
^como es lo mismo todo,
me parece que estoy ya a tu lado...
Ya sólo el agua nos separa,
el agua que se mueve sin descanso,
¡el agua, sólo, el agual
XXVI
Cádiz, en las murallas,
29 de enero.
II
EL AMOR EN EL MAR
XXVII
30 de enero.
ÍHPAN finos como son tus brazos,
I A son más fuertes que el marl
Es de ju
el agua, y tú, amor mío, me la muestras
como una madre a un niño la sonrisa
que conduce a su pecho
inmenso y dulce...
^^del tamaño del mar
que vamos olvidando tras nosotros.
XXVIII
CIELO
IELO, palabra
JUAN
RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
XXIX
i de febrero.
SOLEDAD
N ti estás todo, mar, y sin embargo,
-l—' ¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!
Abierto en mil heridas, cada instante,
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.
Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late y no lo siente...
¡Qué plenitud de soledad, mar sólo!
4 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
XXX
i de febrero.
• MONOTONÍA
EL mar de olas de zinc y espumas
de cal, nos sitia
con su inmensa desolación.
Todo está igual — al norte,
al este, al sur, al oeste, cielo y agua — ,
gris y duro,
seco y blanco.
¡Nunca un bostezo
mayor ha abierto de este modo el mundo!
Las horas son de igual medida
que todo el mar y todo el cielo
gris y blanco, seco y duro;
cada una es un mar, y gris y seco,
y un cielo, y duro y blanco.
¡No es posible salir de este castillo
abatido del ánimol
Hacia cualquiera parte — al oeste,
al sur, al este, al norte — ,
4 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
un mar de zinc y yeso,
un cielo, igual que el mar, de yeso y zinc,
— ingastables tesoros de tristeza — ,
sin naciente ni ocaso...
XXXI
i de febrero.
VENUS
A ALEJANDRO PLANA
A a nacer también aquí y ahora! Vedlo.
Nácares líquidos. Las sedas, las caricias,
las gracias todas, hechas ola de espuma. ¡Ya!...
¡Allí!... ¿No?... ¿Será culpa del fraile?
¡Da garúas de llorar que el barco, ¡el oso este!,
pese así, negro y sucio, sobre el agua, esa espal-
da de ternura! ¡A ver! ¡Que quiten de aquí el
barco, que va a nacer Venus! — ¿Y dónde lo
ponemos? ¿Y dónde lo ponemos? —
¡Apolo, amigo sólo de la diosa, que vas mien-
tras tocan aquí al rosario, con tu ramo grana
— blanco en la aurora, de oro al mediodía — , a
tu casa del poniente! ¡Apolo, amigo sólo mío;
Venus murió sin nacer, por culpa de la Tras-
atlántica!
4 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
XXXII
2 de febrero.
¡O
DESPERTAR
H voluntad tardía! —
No te he visto,
noche, más que tu cabellera.
Tu ancha espalda
no pudo congregarse un solo instante;
blanca — como las ruinas de la luna —
quedó rota en mi sueño repetido,
al que tú, tristemente,
volvías, grandes, tus cansados ojos,
para decirme ¡adiós! desde la aurora.
Ahora que no eres nada
más que cerrada fosa, oscura cáscara
de tu honda y clara sombra, |cuán inútil
mi despertar tardío, noche pura!
4 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
'tierra, tierra divina,
islotes de la gloria,
la única tierra y toda
la tierra,
la verdadera tierra única:
¡Estrellas!
¡En el mar sí que lucen
las estrellas!
— Son más estrellas que en aquella (A otro.)
tierra que yo creí la tierra,
y atraen más al alma
con su imán blanco,
porque son aquí ella y ellas, ¡todo!
tierra y estrellas. —
¡Estrellas!
¡Ahora voy, ahora voy!
— ¡El mar aquí si que es camino! — (A otro.)
XXXIII
• Azores,
2 de febrero.
¡ESTRELLAS!
AS estrellas parecen en el mar,
4 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Se me abren los ojos, y no ven,
deslumhrados de luz cercana,
estallido infinito de pureza...
Cien voces gritan: ¡Tierral
Yo, ciego: ¡Estrellas!
XXXIV
3 de febrero.
CIELO
SE me ha quedado el cielo
en la tierra, con todo lo aprendido,
cantando, allí.
Por el mar este
he salido a otro cielo, más vacío
e ilimitado como el mar, con otro
nombre que todavía
no es mío como es suyo...
Igual que, cuando
adolescente, entré una tarde
a otras estancias de la casa mía
— tan mía como el mundo—,
y dejé, allá junto al jardín azul y blanco,
mi, cuarto de juguetes, solo
como yo, y triste...
Diario
4
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
XXXV
3 de febrero.
NOCTURNO
H mar sin olas conocidas,
sin «estaciones» de parada,
agua y luna, no más, noches y noches!
...Me acuerdo de la tierra,
que, ajena, era de uno,
al pasarla en la noche de los trenes,
por los lugares mismos y a las horas
de otros años...
— ¡Madre lejana,
tierra dormida,
de brazos firmes y constantes,
de igual regazo quieto,
— tumba de vida eterna
con el mismo ornamento renovado — ;
tierra madre, que siempre
aguardas en tu sola
verdad el mirar triste
de los errantes ojos! —
5 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
... Me acuerdo de la tierra
— los olivares a la madrugada —
firme frente a la luna
blanca, rosada o amarilla,
esperando retornos y retornos
de los que, sin ser suyos ni sus dueños,
la amaron y la amaron...
cada noche...
Cóncavas manos cazadoras
de la fe de un instante por el mar.
Mas yo, pequeño, escapo, día
tras día, noche
tras noche ,
como una mariposa...
XXXVI
4 de febrero.
CIELOS
N cielo cada día,
5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : D/AR/O
XXXVII
4 de febrero.
OS nubarrones tristes
le dan sombras al mar.
El agua, férrea,
parece un duro campo llano,
de minas agotadas,
en un arruinamiento
de ruinas.
[Nada! La palabra, aquí, encuentra
hoy, para mí, su sitio,
como un cadáver de palabra
que se tendiera en su sepulcro
natural.
¡Nadal
DE UN POETA RECIÉN CASADO
XXXVIII
5 de febrero.
SOL EN EL CAMAROTE
(Vistiéndome, mientras cantan,
en trama fresca, los canarios de la
cubana y del peluquero, a un sol
momentáneo.)
AMOR, rosa encendida,
¡bien tardaste en abrirte!
La lucha te sanó,
y ya eres invencible.
Sol y agua anduvieron
luchando en ti, en un triste
trastorno de colores...
¡Oh días imposibles!
Nada era, más que instantes,
lo que era siempre. Libre,
estaba presa el alma.
— A veces, el arco iris
lucía brevemente
cual un preludio insigne... —
Mas tu capullo, rosa,
dudaba más. Tuviste
5 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
como convalecencias
de males infantiles.
Pétalos amarillos
dabas en tu difícil
florecer... ¡Río inútil,
dolor, cómo corriste!
Hoy, amor, frente a frente
del sol, con él compites,
y no hay fulgor que copie
tu lucimiento virgen.
¡Amor, juventud sola!
¡Amor, fuerza en su origen!
¡Amor, mano dispuesta
a todo alzar difícil!
¡Amor, mirar abierto,
voluntad indecible!
MENOS
'ODO es menos! El mar
I ^ de mi imaginación era el mar grande;
el amor de mi alma sola y fuerte
5 4
XXXIX
5 de febrero, nublándose.
DE UN POETA RECIÉN CASADO
era sólo el amor.
Más fuera estoy
de todo, estando más adentro
de todo. (Yo era solo, yo era solo
— joh mar, oh amor! — lo más!
XL
5 de febrero.
MAR
OLO un punto!
Sí, mar, ¡quién fuera,
cual tú, diverso cada instante,
coronado de cielos en su olvido;
mar fuerte — ¡sin caídas! — ,
mar sereno
— de frío corazón con alma eterna — ,
¡mar, obstinada imagen del presente!
X L I
5 de febrero.
MAR
PARECE, mar, que luchas
— ¡oh desorden sin fin, hierro incesante!-
5 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
por encontrarte o porque yo te encuentre.
¡Qué inmenso demostrarte,
en tu desnudez sola
— sin compañera... o sin compañero
según te diga el mar o la mar — , creando
el espectáculo completo
de nuestro mundo de hoyl
Estás, como en un parto,
dándote a luz — ¡con qué fatiga! —
a ti mismo, ¡mar único!,
a ti mismo, a ti sólo y en tu misma
y sola plenitud de plenitudes,
...¡por encontrarte o porque yo te encuentre!
SENSACIONES DESAGRADABLES
un solo blanco crudo. No sé si al norte, si al
sur, si al este, si al oeste, un agujero naranja.
¡Qué dolor aquí en mis ojos! ¡Ay! ¿Herida,
grito, el sol... o qué?
X L I I
6 y 7 de febrero.
JIÉN me ha echado tiza en los
ojos? Mar y cielo se me funden en
5 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Frío en los pies, de pronto. |Las mantas! ¡Las
mantas! Si parece que han encerrado el mar en
una botella de Mondáriz... ¡Eclipse! ¡Eclipse!
Todos, las mujeres, los niños, los hombres, mi-
ran el sol por las gafas negras, por las gafas
naranjas, por las gafas verdes del fraile de las
barbas azules, susto de Venus la otra tarde.
JOtra vez las cadenas! ¡Las cuatro y media
siempre! ¿En dónde? Aún se filtra por las made-
ras el amarillo de la luz eléctrica, con el verde
del relámpago. Cucarachas sin miedo. Y la lluvia.
Y el baldeo a un pie de mi cabeza. Y el trueno,
como una ola, como un baldeo del cielo...
Un poquito de mar verdeuva, al lado del barco.
El horizonte en la mano, digo, en el pie. — ¿Te-
n-ano va? — Niebla hasta el alma. La sirena, cada
minuto, en el horario del tedio. ¡Qué frío en la
nariz, en las orejas, en el pensamientol Cosas
inminentes y grandes pasan y pasan, como va-
gos monstruos, muy cerca ¡y qué lejos!
Dos moles, sólo: la tormenta y el barco, frente
a frente en la sombra del agua total — mar y
lluvia — . ¿Dos tormentas? ¿Dos barcos?
5 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
X L I 1 1
7 de febrero.
CIELO
'E tenía olvidado,
1 cielo, y no eras
más que un vago existir de luz,
visto — sin nombre —
por mis cansados ojos indolentes.
Y aparecías, entre las palabras
perezosas y desesperanzadas del viajero,
como en breves lagunas repetidas
de un paisaje de agua visto en sueños...
Hoy te he mirado lentamente,
y te has ido elevando hasta tu nombre.
X L I V
7 de febrero.
¡NO!
L mar dice un momento
que sí, pasando yo.
Y al punto
5 *
DE UN POETA RECIÉN CASADO
que no, cien veces, mil
veces, hasta el más lúgubre infinito.
No, ¡no!, ¡¡no!!, ¡[¡no!!J, cada vez más
fuerte, con la noche...
Se van uniendo
las negaciones suyas, como olas,
— ¡no, no, no, no, no, no, no, no, no, no! —
y, pasado, todo él, allá hacia el este,
es un inmenso, negro, duro y frío
¡no!
XL V
7 de febrero.
HASTÍO
UN ejército gris de ciegas horas
nos cerca
— cual olas, como nubes, —
en la tristeza que nos traen ellas.
¿En dónde hemos entrado?
¿Qué nos quiere esta reina?
No sé por qué nos lloran,
no sé a dónde nos llevan.
5 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
— ...Y siempre son las mismas
y de manera idéntica—.
Su desnudez es tanta,
que ya no es. Semejan
a la desesperanza muerta en tedio,
que nada da y nada espera.
¡Ni las matamos, ni nos matan!
...Y crecen sin cesar, yo no sé a qué,
sin nada que mirar y ciegas...
XL V I
7 de febrero.
T/^XUÉ peso aquí en el corazón inquieto
I peso de mar o tierra — ,
de arriba y de debajo!
¿Qué corazón, en el que esté yo vivo,
estarán enterrando o ahogando?
¡Qué peso aquí en el corazón inmenso
como el cielo y el mar;
qué angustia, qué agonía;
oh, qué peso hondo y alto!
6 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
X L V I I
8 de febrero.
FIESTA NATURAL
A LUIS BELLO
DESPUÉS de estos días de lluvia — agua
total, amarga y dulce, como el amor, en so-
lución de continuidad — , este día de brisa libre,
sol seco sobre la ola y mar de bajo azul, parece
un domingo de tierra, un domingo de isla, mejor
dicho, sin gente y sin identificación.
Es el día como el alma ignorada y sin nom-
bre — borrado ni entrevisto — de un domingo de
antes del domingo; como si hoy hubiésemos
descubierto — por estos parajes desconocidos en
su mudanza inquieta — , inventado, nombrado el
domingo.
Sin embargo, el calendario de la sala, cromo
aburrido entre la biblioteca — Pereda, Balaguer,
Valera, en pasta con anclas — y el piano — Deli-
bes, Arbós, Puccini, con firma de mulata — , dice,
tras el humo lento y solitario que un fumar que
se fué con su hastío a otro sitio, dejó en el rayo
de sol que enciende la alfombra verde: martes.
6 [
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
[Retórica académica y trasatlántica! La se-
mana hecha me parece hoy una quintilla. Baile
aprendido, escalera de farolero para el cielo
del crepúsculo segundo. ¡Al agua el calendario,
el periódico radiotelegráfico y el cura! ¡Yo y lo
natural! ¡Domingo, capitán, domingol
— ¡Bueno!...
ARGA MASILLA DEL MAR
^Desierto de ficciones líquidas.
Sí. La Mancha, aburrida, tonta.
— Mudo, tras Sancho triste,
negros sobre el poniente rojo, en el que aún llueve,
Don Quijote se va, con el sol último,
a su aldea, despacio, hambriento,
por las eras de ocaso — .
¡Oh mar, azogue sin cristal;
mar, espejo picado de la nada!
XL VIII
8 de febrero.
f. La Mancha, de agua.
6 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
X L I X
9 de febrero.
STELA verde y blanca,
memoria de la marl
io de febrero.
TAR llano. Cielo liso.
-No parece un día...
— ¡Ni falta que hace!
Mí
L I
io de febrero.
O ves el mar? Parece, anocheciendo,
— acuarela de lluvia,
con — agua dulce — suaves verdes, amarillos,
[rosas — ,
un tierno, un vago pensamiento mío
sobre el mar...
6 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ i DIARIO
LII
10 de febrero.
NIÑO EN EL MAR
EL mar que ruge, iluminado un punto
en su loco desorden,
por el verde relámpago violento,
me trastorna.
El niño que habla, dulce
y tranquilo, a mi lado,
en la luz de la lámpara suave
que, en el silencio temeroso
del barco, es como una isla;
el niño que pregunta y que sonríe,
arrebatadas sus mejillas frescas,
todo cariño y paz sus ojos negros,
me serena.
¡Oh corazón pequeño y puro,
mayor que el mar, más fuerte
en tu leve latir que el mar sin fondo,
de hierro, frío, sombra y grito!
6 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
¡Oh mar, mar verdadero;
por ti es por donde voy — ¡gracias, alma! —
al amor!
FIN DE TORMENTA
(EN EL PUENTE)
*>por la aurora,
se arrolla la tormenta, lejos, baja,
como una serpiente
que se va...
El barco se alza y se apresura,
bajo el cielo más alto
que vivas rosas ornan
con la luz y el color de adonde vamos
a llegar, firmemente...
Sueño despierto y dulce...
LUI
ii de febrero.
UN, entre el mar y el cielo,
Diario
5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
L I V
i de febrero.
LLEGADA IDEAL
A JOAQUÍN SOROLLA
DE pronto, se abre la tarde, abanico de
oro, como una gran ilusión real. ¡Qué
bienestar nos entra, qué dulzura! Parece que lo
estuviera viendo Turner con nosotros... Gaviotas
que no hemos sentido venir, que, sin duda, esta-
ban ya, vuelan arriba, en el gallardete de los
palos, ¡qué lejos del cielo y qué altas de nos-
otros! El cielo se alza, se va, desaparece, no tie-
ne ya nombre, no es ya cielo sino gloria, gloria
tranquila, de ópalo solamente, sin llegar al ama-
rillo. Se riza el mar en una forma nueva, y pare-
ce que, al tiempo que, más flúido, se levanta el
cielo, él se baja, se baja, más líquido. En la onda
vienen maderos, barricas. Dejamos atrás unas
barquitas pescadoras... ¿Llegamos?
El sol poniente tiñe de rosa, con un nostálgico
rayo caído, la borda de babor. ¡Qué alegre el
rojo, encendido con el rosa, de los salvavidas;
qué dulce el blanco, encendido con el rosa, de
DE UN POETA RECIÉN CASADO
la borda; el negro de esa negra, el aceituna de
ese japonés; cuán bellos todos los ojos, todos los
cabellos, todas las bocas con sol poniente. ¡Qué
hermanos todos — negros, blancos y amarillos — ,
en la alegría! Escucho, con gusto, la charla me-
lancólica de este señor que toma opio. Le res-
pondo a este comisionista a quien no he hablado
en todo el viaje. Resisto el humo del puro del
fraile... Las imaginaciones se ponen en los ros-
tros, encendidas. Se canta, se corre, no se quie-
re bajar para comer, se saca el rostro contra el
fresco tibio que viene de la tierra nueva. — A es-
tribor, bajo en la sombra, pasean, con nuestra
esperanza, los que no cantan, los que no sueñan,
los que no aman. —
El momento parece una canción levantada de
un sueño, y nosotros sus héroes. Sí, somos la
verdad, la belleza, la estrofa eterna que perdu-
ra, cogida con la rima, en el centro más bello y
entrevisto de una poesía eterna que conocemos
siempre, y que siempre estamos esperando,
nueva, conocer — ¿el segundo cuarteto de un
puro soneto marino? — ¿Dónde estamos? ¿De
qué tiempo somos? ¿De qué novela hemos sali-
do? ¿Somos una estampa? ¿Llegamos?
... Pero la estampa cae y se apaga. ¡Nunca
6 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
una tarde se ha apagado tanto! El cielo baja de
nuevo y el mar sube, y nos dejan tan pequeños
como el día. Otra vez la angustia por horario,
la niebla, la nariz fría, el poco trecho, el menos.
Los que nos hablamos hace un instante, nos
despegamos los silencios. Me paseo sólo a ba-
bor enlonado y chorreante. Volvemos a no llegar
nunca, a empujar las horas con la imaginación,
navegando a un tiempo, en dos barcos, a mal-
decir del mar igual, aburrido, soso, el eterno
mármol negro veteado de blanco, ¡sí, mármol!,
a un lado y otro del barco pesadote, del oso este
maloliente... El papel se me cae... Ya no sé es-
cribir...
L V
ii de febrero,
en un palo del barco, a navaja.
amargo.
6 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
LVI
sbrero.
¡SÍ!
DELANTE, en el ocaso, el sí infinito
al que nunca se llega.
— ¡Sííííí!
Y la luz,
incolora,
se agudiza, llamándome...
No era del mar... Llegados
a los bocas de luz que lo decían
con largor infinito,
vibra, otra vez, inmensamente débil
— ¡ sííííí I — ,
en un lejos que el alma sabe alto
y quiere creer lejos, solo lejos...
6 9
III
AMÉRICA DEL ESTE
Hay en esta parte de mi Di A rio y impresiones que no
tienen fecha. (Supe yo, acaso, ¡tantas veces!, qué día era?
(No hay días sin día, horas de deshora?
Espero que, como en las pinturas sinceras, esas notas
se coloquen por sí mismas e?i su hora y en su día.
L VII
Birkendene, Caldwell,
20 de febrero.
TE deshojé, como una rosa,
para verte tu alma,
y no la vi.
Mas todo en torno
— horizontes de tierras y de mares — ,
todo, hasta el infinito,
se colmó de una esencia
inmensa y viva.
L VIII
Garden City,
26 de febrero.
OCASO DE ENTRETIEMPO
;RES, dulce
E1
-^paisaje,
igual que una mujer
7 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
que va a acostarse, un poco
cansada, por la tarde.
Se le ha salido el alma hacia la noche x
y es forma de su cuerpo — niebla suave — ,
y, alejada, en los oros interiores
de su mente, la demostrada carne,
se le ven los colores, por el sueño,
fuertes aún en la pálida ternura
en que está ya, de su sencillo desnudarse.
Rosa fresco, puro celeste, malva
amable,
lo mismo
que tu ocaso, paisaje.
LIX
New York,
29 de febrero.
G O LFO
A nube — blanco cúmulo — recoge
rel sol que no se ve, blanca.
Abajo, en sombra, acariciando
el pie desnudo de las rocas,
7 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
el mar, remanso añil.
Y yo.
Es el fin visto,
y es la nada de antes.
Estoy en todo, y nada es todavía
sino el puerto del sueño.
La nube — blanco cúmulo — recoge
el sol que no se ve, rosa.
A donde quiera
que llegue, desde aquí, será a aquí mismo.
Estoy ya en el centro
en donde lo que viene y lo que va
unen desilusiones
de llegada y partida.
La nube — blanco cúmulo — recoge
el sol que no se ve, roja...
7 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
LX
S KY
COMO tu nombre es otro,
cielo, y su sentimiento
no es mío aún, aún no eres cielo.
Sin cielo, ¡oh cielol estoy,
pues estoy aprendiendo
tu nombre, todavía...
¡Sin cielo, amor!
— ¿Sin cielo?
7 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
LXI
t
RUBÉN DARÍO
8 DE FEBRERO DE 1916
Peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía,
R. D.
I
NO hay que decirlo más. Todos lo saben
sin decirlo más ya.
¡Silencio!
— Es un crepúsculo
de ruinas, deshabitado, frío
(que parece inventado
por él, mientras temblaba),
con una negra puerta
de par en par.
Sí. Se le ha entrado
a América su ruiseñor errante
en el corazón plácido. ¡Silencio!
Sí. Se le ha entrado
New York,
1 de marzo.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
a América en el pecho
su propio corazón. Ahora lo tiene,
parado en firme, para siempre,
en el definitivo
cariño de la muerte.
II
Lo que él, frenético, cantara,
está, cual todo el cielo,
en todas partes. Todo lo hizo
fronda bella su lira. Por doquiera
que entraba, verdecía
la maravilla eterna
de todas las edades.
III
La muerte, con su manto
inmenso, abierto todo
para tanta armonía reentrada,
nos lo quitó.
Está ¡rey siempre!,
dentro, honrando el sepulcro,
coronado de toda la memoria.
8 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
IV
¡Ahora sí, musas tristes,
que va a cantar la muerte!
[Ahora sí que va a ser la primavera
humana en su divina ñorl ¡Ahora
sí que sé dónde muere el ruiseñorl
¡No hay que decirlo más!
¡Silencio al mirto!
LXII
Boston,
12 de marzo.
PH YSICAL CULTURE
L campo nevado con la joven primavera!
¡Qué gusto llevarla en el taxi, desnuda, a
sus sports,con este frío! ¡Así está de dura y viva!
Todo lo contagia, pasando callada, de su alegría.
Lo morado de su carne se le trueca, con el sol,
en rosas. Sus risas son el esquema de las flores
y el trazado de los pájaros. Sí. Aun cuando
por los caminos nevados que rajamos, las enre-
daderas están colgadas de hielo y son gala yerta
Diario 8 I 6
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
de las casas blancas y amarillas de madera, ador-
nan el corazón sano con su frío al sol, mejor
— ¡oh cultura física! — que si fuesen verdes y
de flores.
LXIII
Boston,
1 1 de marzo.
TODO el día atravesado mi pecho por esta
sola luz, puñal de la primavera — luz que era
una sombra portadora de la vida — . Sí. La som-
bra fugaz del pájaro de esta mañana por los co-
lores calientes — color y sol — de la vidriera de
la iglesia de Phillips Brooks, se ha trocado en
vuelo de oro — como se trueca en sombra el sol
que se mira mucho — por la sombra de mi alma.
LXI V
Boston,
4 de marzo.
BI
BEBIMOS, en la sombra,
'nuestros llantos
confundidos...
8 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Yo no supe cuál era
el tuyo.
¿Supiste tú cuál era el mío?
L X V
Boston, Hotel Somerset,
14 de marzo, tarde, después de un día cansado.
TÚNEL CIUDADANO
BLANCO y negro, pero sin contraste. Blanco
sucio y negro sucio, con la hermandad de lo
astroso. Arriba, el abundante, el interminable
intestino retorcido del humo de los trenes sin
tregua, que, a cada momento, todo lo quita y lo
pone, en su rodeo que hace caer mil veces la
tarde, con su barroquismo semiceleste, asesino
que mata la luz cada vez que pasa un tren. Abajo,
la nieve en todo, dejando fuera piedras y casas
negras. Negros los árboles secos; negro el re-
trato de los cielos en los redondeles líquidos
que va teniendo la riachuela al deshelarse; negros
los puentes, la boca del túnel, los rígidos trenes
que, antes de entrar en él, ya están dentro, como
si alguno los borrase después de haberlos pinta-
8 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
do al carbón. El humo y la nieve lo ennegrecen
todo por igual, uno a fuerza de luto, otro a fuer-
za de nitidez. Nada da la sensación de que en
parte alguna — dentro, encima, al borde — haya
vidas con pensamientos y sentimientos de colo-
res, con sentidos corporales. ¿Quién ha visto
aquí? ¿Quién ha oído? ¿Quién ha olido, gustado
ni tocado? Todo es confuso, difuso, monótono,
seco, frío y sucio a un tiempo, negro y blanco,
es decir, negro, sin hora ni contagio. Algo que
está, pero que no se tiene ni se desea, que se
sabe que no se ha anhelado nunca y que nunca
se recordará sino en el indiferente e involuntario
descuido del sueño difícil.
L X V I
Boston,
16 de marzo.
B ER CE U SE
O; dormida,
no te beso.
Tú me has dado tu alma
con tus ojos abiertos
8 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
— ¡oh jardín estrellado! —
a tu cuerpo.
No, dormida no eres
tú... No, no, ¡no te beso!
— ... Infiel te fuera a ti si te besara
a ti...
No, no,
no te beso... —
BRIÉNDOSE sobre la nieve, la tarde.
^corno una inmensa media naranja, lo gotea
todo, fresca y rica, de desheladas gotas amari-
llas, trasparentes y almibaradas, que no manchan
nada, sino que lo purifican todo, como las ye-
mas frescas el vino. La pobre riachuela, hija de
Carlos, como me voy esta tarde misma, quiere
mostrarme su cuerpo de cristal — no visto por
ningún arquitecto de la rima aérea, ¡buen Al-
drich! — , que no ha querido sacar ¡perezosa! de
L X V I I
Boston,
17 de marzo.
FILILÍ
8 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
la cama de la nieve en estas dos semanas blancas;
y por llamarme la atención, tiende el cabello al
viento, que se lo riza leve, y copia en sus ojos
grandes los árboles, cuya negrez enfunda en oro
leve el sol, hasta donde puede, y va y viene, na-
dando, por su breve redondela deshelada.
Pero yo tengo prisa, y cae la noche. Y su
gracia de un instante — ¡oh Boston, con quien he
yacido sin verte más que la blancura de tus sá-
banas!— se queda allí abajo, como la flor en su
botón más tierno, haciendo no sé qué, que ya
no veo yo, en la sombra.
Estación de Boston,
entre baúles, sol leve y basura negra (en la cartela de mi maleta).
I V^Jlegar, contigo, a mí por el camino
en que, loca, te tiras!
¡Te tengo que salvar, a cada instante,
por no pisarte el alma mía,
como por una pedregosa
cuesta arriba!
L X V I I I
8 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
L X I X
17 de marzo, por la tarde.
DE BOSTON A NEW YORK
A MISS GRACE NICHOLS
EVILLA? ¿Triana? ¡Ah... no!
... Rojas hojas secas ruedan leves y raudas
— hacia Boston, que da una vuelta y se pierde — ,
con el viento helado, sobre la nieve inmensa y
dura. Una va herida de sol. ¡Adiós, hojitas!
¡Adiós, hojitas! ¡Adiós!
El sol poniente, claro y frío, alumbra, entre
los negros plátanos — tronco de hierro y hoja de
cobre — de un valle súbito y solitario, una
única casa colonial, cerrada y amarilla.
Finos álamos blancos, en hilera infinita. Parecen,
saliendo de la nieve, arbolillos de plata helada,
hechos por Dios, por encima de todo, como el
copo — With His hammer of wind, — And His
graver of frost — de Francis Thompson.
8 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Un cementerio nuevo. Lo rodea un vasto anun-
cio de ligas para caballeros, con jóvenes en pija-
ma que, una rodilla en tierra, se ponen la liga.
En el cielo verde, de nadie ni nada mirado, cielo
que no parece cielo del suelo, sobre la nuca de
uno de los jóvenes, Atlante en flor, la luna blanca.
Todo blanco. — El sol muere. — Blancos difíci-
les, impintables ¡oh Claude Monet! Blancos de
todos colores.
Ultimo rayo del sol. La nieve rosa. Los plá-
tanos, cargados de hojas secas, se cargan, con
el estío momentáneo, agudo y de otra parte, del
sol que muere, de frutos.
Desierto de arena rosa . Sombras extrañas.
¿Emily Dickinson?
El cielo sin sol parece el suelo; el suelo sin sol
parece el cielo. Ópalo y celeste fríos que, en un
juego visual, se truecan, a gusto del que mira.
Vallado nevado junto al tren. ¡Pues aún había
solí Montes — rosas — ¡muy lejos! es decir, al
lado, en miniatura.
8 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Después de un bosque oscuro y hondo, un
poco falso, como los poetas de New England
— Longfellow, Lowell, Bryant, Aldrich — , el
despejado cielo verde. Sin árboles. Desierto de
nieve malva. La luna blanca, encendida por fue-
ra, sin corneja. Pintura solo. Casi una poesía de
Amy Lowell: / Who shall declare the joy of the
running!...
El humo del tren le pone un anubarrado cie-
lo gris a un pedazo de nieve cercana. Una ma-
tilla seca parece el árbol solo de un yermo in-
menso. ¡Qué pequeños somos! ¡Qué pequeños
somos!
Bajos nubarrones malvas le colocan copas pri-
maverales a los árboles secos de la nieve, que
bajan, que bajan, como con skis, por una pen-
diente... En el fondo hondo y agudo de otro
valle solo, una cinta de torrente deshelado reco-
ge en su fría espada de luz toda la infinita men-
tira del ocaso, que ahora aparece entre los árbo-
les últimos. La luz fría se hace invisible a fuerza
de exaltarse. El bosque negro se hace invisible
a fuerza de esconderse.
8 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Calvas piedras negras en la nieve blanca.
Calvos islotes de nieve blanca en la deshelada
agua negra.
Comiendo. Luz amarilla dentro y negros de
blanco. Fuera, apretándose uno al cristal yerto,
pálidos recuerdos de un día que hubiésemos leí-
do. Entre la confusión de colores, luces y re-
flejos de dentro y de fuera, del cristal, estre-
llas, como las moscas, unas veces fuera, en el
techo del vagón, sobre el cielo, otras dentro, en
el cielo, sobre el techo del vagón.
Atisbos, tras el cristal mojado, de agua des-
helada, en ondas largas. Sordas y dulces luces
granas, azules, verdes, con un largo reflejo
límpido y movible. A veces, luna en la loma
de la onda. Sensación de mar cercano e invi-
sible. Olor abierto, inmenso, hasta los últi-
mos límites del alma. Nostalgia y frío fresco
solo. Me despierto otra vez... ¿Cádiz?... ¡New
London! ...
¿Huelva?... ¿Me había dormido? Pero... ¿Las
once? ¡Ya! ¡New York otra vez! Duro despertar
frío y fuerte. De pie... En el cristal, las gotas,
9 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
arriba, buscan un surco, lo encuentran y ¡abajo!
Otra, otra... ¡New York, maravillosa New York!
¡Presencia tuya, olvido de todo!
A noche era un largo y firme muelle negro.
-"El mar era el sueño y llevaba a la vida
eterna.
Desde las costas que dejábamos — inmensas
y onduladas praderas con luna — , la gente toda
del mundo, vestida de blanco y soñolienta, nos
despedía con un rumor inmenso y entrecortado.
Sí, sí. ¡Hurrah al caballo vencedor! Y se agitaban
— New London — los pañuelos blancos, los som-
breros de paja, las sombrillas verdes, moradas,
canelas...
Yo iba de pie en la proa — ¡Desde esta tribuna
se ve divinamente! — que ascendía, aguda, hasta
las estrellas y bajaba, honda, hasta el fondo de
la sombra — ¡buen caballo negro! — , abrazado
estrechamente a... ¿a quién? No... A nadie...
L X X
New York,
17 de marzo.
SUEÑO EN EL TREN
... NO, EN EL LECHO
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Pero... era alguien que me esperaba en la esta-
ción y me abrazaba riendo, riendo, riendo,
mujer primavera...
LXXI
New York,
19 de marzo.
FELICIDAD
UBTERRÁNEO? ¿Taxi? ¿Elevado? ¿Tran-
vía? ¿Omnibus? ¿Carretela? ¿Golondrina?
¿Aeroplano? ¿Vapor?... No. Esta tarde hemos pa-
sado New York ¡por nadal en rosa nube lenta.
LXXII
ESPINA
ES cuesta abajo y va,
al lado del arroyo,
a la rosa divina.
Tú haces que el corazón
la tenga que vencer, como si fuera
cuesta arriba.
9 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
¡Cuánto golpe de sangre aquí en las sienes,
cuánta sal de las lágrimas bebidas,
cuántas estrellas en los ojos ciegos,
para coger... ¡del polvol
el beso
de cada dial
IETE taxis en fila, de prisa, pero con la prisa
^que les dejen, entre la nieve y la niebla. No
paran ómnibus, taxis de vivos, ni tranvías. La
gradación es racional , aunque triste, a ratos, al
corazón: el fuego, la mujer joven, el hombre jo-
ven, el niño, la niña, el hombre viejo, la mujer
vieja, la muerte.
LXXIII
LA MUERTE
9 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
H qué cielo más nuevo — ¡qué alegría! — ,
I ^-^más sin nombres...
Parece — y palmoteo y salto —
que la gloria del cielo — ataviada
de una manera antigua y recargada,
amontonada
barrocamente — ,
está allá lejos, por el este
— cuya nubarronada de poesía,
baja, tiene la tarde todavía
en oros rosas de agonía — ,
está, allá lejos, sobre Europa
que acerca la emoción al horizonte,
igual que una edad media
del cielo — ¡qué alegría! — sin historia
— y salto y palmoteo — ,
sin historias.
LXXI V
New York,
23 de marzo, en lo alto de Woolworth.
NEW SKY
A JOSÉ ORTEGA Y GASSET
9 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
LXX V
New York,
25 de marzo.
Sí. Estás conmigo ]ay!
¡Ay, sí! Y el peso de tu alma y de tu carne
sobre mi carne,
no me deja correr tras de tu imagen
— ¡aquellos prados de rosales
granas, por donde huías antes,
de donde a mí viniste, suave! — ;
aquella imagen tuya, inolvidable,
aquella imagen tuya, inexplicable,
aquella imagen tuya, perdurable
como la mancha de la sangre...
LXX VI
New York,
26 de marzo.
ORILLAS DEL SUEÑO
CADA noche, antes de dormirme, pueblo de
aspectos deleitosos, tomados de la mejor rea-
lidad, las orillas del río de mi imaginación, para
que su encauzado sueño las refleje, las complique
9 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
y se las lleve al infinito, como un agua corriente.
Sí, ¡qué anhelo de no derramar en la aurora tor-
vas aguas luctuosas de pesadillas de la ciudad
comercial, de la octava avenida, del barrio chi-
no, del elevado o del subterráneo; de aclarar, como
a un viento puro de otras partes, su carmín hu-
moso y seco, con la brillante trasparencia de un
corazón puro, libre y fuerte! ¡Qué ganas de son-
reír en sueños, de ir, alegremente, por estos tro-
zos negros de camino oscuro de la noche, que
van alternando con los de luz, del día, a la muer-
te — ensayos breves de ella — ; de tener blanca,
azul y rosa la vida que no está bajo la luz y el
poder de la conciencia; de no ir por el subsuelo
de la noche en tren una vez más , ni tan aprisa,
sino en veneros de diamante, ¡y lentamente!
A — tus imágenes bellas, gala fácil
de aquellos verdes campos — ,
¡tus imágenes fueron ¡ay! las que hicieron,
sin mí, locas, lo malo!
LXX VII
'US imágenes fueron
9 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Tú, la tú de verdad,
eres la que está aquí — pobre, desnuda,
buena, mía — , a mi lado.
l XX v ni
New York,
26 de marzo.
LA CASA COLONIAL
A AUNT BESSIE
BLANCA y amarilla como una margarita, de
humilde madera y toda cerrada, ¡con qué paz
recoge la vieja casa, en sus antiguas ventanas de
empolvados y grandes cristales malvas, la suave
puesta verde y rosa del sol primaveral, que en-
riquece un momento de luz y de colores su os-
curo interior vacío con la imagen de la riberal
Se ha quedado sola en Riverside Drive, pe-
queña y sola, como un viejecito limpio entre
las enormes casas pretenciosas y feas en que la
han encerrado. Parece una camisilla que se le ha
quedado chica a la ciudad. Nadie la quiere. En
su puerta dice: To let. Y el viento alegre viene
a jugar de vez en cuando con el cartel para que
no se aburra...
Pero de su soledad sepulcral emana tal fuerza
Diario 9 7 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
de vida que, en una superposición de líneas y
colores, el campo suyo antiguo despinta, aleja
y borra, en fin, las terribles moles de hierro y
piedra que la ahogan; y hace en torno suyo una
dulce, lejana y solitaria colina, verde por una
más anticipada primavera agreste, echada blan-
damente a su lado, como un perro fiel, frente
al río.
L X X I X
New York,
27 de marzo.
TODO dispuesto ya, en su punto,
para la eternidad.
— ¡Qué bien! ¡Cuán bello!
¡Guirnalda cotidiana de mi vida,
reverdecida siempre por el método!
¡Qué trabajo tan fácil y tan dulce
para un estado eterno!
... ¡Qué trabajo tan largo — dices tú —
para sólo un momentol
9 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
LXXX
New York,
28 de raarzo.
IGLESIAS
N la baraúnda de las calles enormes, las igle
A-'sias, teatrales, livianas, acechan echadas — la
puerta abierta de par en par y encendidos los
ojos — , como pequeños y mansos monstruos me-
dioevales caricaturizados mal por un arquitecto
catalanista. El raudo mirar sorprende, desde el
tumulto, vagos colores de entrañas tristes.
«Hablamos de Cristo crucificados «Entra a des-
cansar un punto , olvidado del bullicio munda-
nal» — como dicen los Jesuítas — . «Te abro esta
puerta para que entres en la paz...» Así rezan,
con cristales de colores encendidos de noche,
cual los demás anuncios, largos letreros en las
frentes de sus complicadas arquitecturas, de
colores, sectas y pretensiones diferentes. Pero
no es posible entrar. ¿Cómo, siendo mayores
que un juguete, entrar en él? Y son juguetes, las
iglesias, de un gran escaparate.
9 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
L X X X I
ew York, en mi ventana a la calle ti,
de marzo, madrugada, con luna amarilla.
HUMO Y ORO
t
ENRIQUE Y AMPARO GRANADOS
?r I 7YNT0 mar con luna amarilla
I A entre los dos, España! — y tanto mar,
con sol del alba... — [mañana,
... Parten,
entre la madrugada, barcos vagos,
cuyas sirenas tristes, cual desnudas,
oigo, despierto, despedirse
— la luna solitaria
se muere, rota ¡oh Poel sobre Broadway — ,
oigo despierto, con la frente
en los cristales yertos; oigo
despedirse una vez y otra, entre el sueño
— a la aurora no queda más que un hueco
de fría luz en donde hoy estaba
DE UN POETA RECIÉN CASADO
la negra mole ardiente — ,
entre el sueño de tantos como duermen
en su definitiva vida viva
y al lado
de su definitiva vida muerta...
¡Qué lejos, oh qué lejos
de ti y de mí y de todo, en esto
— los olivares de la madrugada — ,
al oir la palabra alerta — ¡muerte! —
dentro de la armonía de mi alma
— mar inmenso de duelo o de alegría — ,
a la luz amarilla
de esta luna poniente y sola, España!
E ha quedado esta pequeña aldea de muer-
^tos, olvido que se recordara, al amor de
unos árboles que fueron grandes en su niñez
agreste, pequeños, hoy que son viejos, entre los
terribles rascacielos. La noche deja, ahora,
L X X X I I
ew York,
de marzo.
CEMENTERIO
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
paralelos los vivos que duermen, un poco más
alto, con los muertos que duermen, un poco más
bajo, hace un poco más de tiempo y para un
poco más de tiempo. ¡Paralelos hacia un infinito
cercano en el que no se encontrarán!
Quita el viento y pone, cegándome de un
agudo blandor, la nieve — que se irisa en sus
altos remolinos, a la luz de las farolas blancas — ,
de las tumbas. Las horas agudizan la sombra, y
lo que descansó en la luz del día, está despierto,
y mira, escucha y ve. Así, los sueños de estos
muertos se oyen, como si ellos soñaran alto, y
su soñar de tantos años, más vivo que el soñar
de los muertos de una noche, es la vida más alta
y más honda de la ciudad desierta.
L X X X I I I
New York,
29 de marzo.
EL PRUSIANITO
ES prusianito.
— ¿Por cuánto lo ha comprado usted? (Los
hay de diez, de doce y de quince dólares.)
En los redondos hombros desnudos de la
madre nueva, que parece una vaca rosa con su
1 o 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
choto, el niño, con el sol de la vida en los ojos
que han tenido, sin verlo, el sol de la muerte
— el verdadero, no el de Balzac — , me mira agu-
damente y me tiende los brazos blancos como
la leche. Aunque no puedo evitar que me pa-
rezca un soldadito de juguete, me lo traigo desde
el trasplantado jardín de su inocencia a mi cora-
zón. Se sonríe, se ríe, se le hacen hoyuelos en
las mejillas y le brillan los dientes. Como un
ángel sin patria baja, se viene de golpe, en un
abrazo brusco, a España y me saluda en su inglés
con camisa aún de alemán.
Por la ventanilla de la madre pobre y román-
tica, en donde unos tulipanes, aun con su ama-
rillo del día, se casan con libros dé poetas que
ya tienen, dentro, el oro suave de la lámpara, el
sol, en una rica parodia de ideales, muere sobre
los tejados de New York, camino, por Asia, de
Europa. Abajo, muy abajo, como en el fondo de
un gran pozo de nieve, los anuncios de luces de
colores hablan de la guerra. Yo me despido del
niño rosado y completo, y le beso las manos,
recordando la noticia de la prensa de ayer, se-
gún la cual, tres niños belgas, comprados por
señoras de Boston, les habían llegado con las
manos cortadas...
i o 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
LXXXI V
? (~\ UÉ dulce esta tierna trama!
I Tu cuerpo con mi alma, amor,
y mi cuerpo con tu alma.
L X X X V
SILENCIO
HASTA hoy la palabra
«silencio»,
no cerró, cual con su tapa
el sepulcro de sombra
del callar.
¡Hasta hoy,
cuando en balde esperé
que tú me respondieras,
habladora!
i o 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
York, L X X X V I
abril. y~ Á^A^+^juA
EN Sudway. La sufragista, de una fealdad alar-
deada, con su postre mustio por sombrero,
se levanta hacia un ancianito rojo que entra, y le
ofrece, con dignidad imperativa, su sitio. Él se
resiste, mirando con humildad celeste a la nieve
entre dos sombreros de señoras negras. Ella le
coge por el brazo. El se indigna, en una actitud
de quita golpes. Ella lo sienta, sin hablar, de una
vez. Él se queda hablando sin voz, agitando fu-
rioso las manos altas, con una chispa de sangre
última en sus claros y débiles ojos azules.
LXXX VII
EN LA SORTIJA
DE HIERRO Y CORAL ROSA
DE MISS R R
COMO la brisa, eres
del que te huele;
vivirás tantas veces
como la muerte.
i o 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
L X X X V 1 1 I
New York,
4 de abril.
PESADILLA DE OLORES
O! ¡No era el mar!... Pero ¡qué angustia!
[Agua, flores, flores, aire — ¿de dónde? — ,
Colonia! ¡Qué sueño envenenado y difícil! ¡Qué
ahogo imposible y sin fin!
... Unas veces es olor a gallinero — ¡oh angus-
tiosa comida de nido del Barrio chino! — ; otras, a
literatura judía — ¡oh actriz suicida! — ; otras, a gra-
sa de todas las lentitudes... Es como si en un trust
de malos olores, todos estos pobres que aquí viven
— chinos, irlandeses, judíos, negros — , juntasen
en su sueño miserable sus pesadillas de hambre,
harapo y desprecio, y ese sueño tomara vida y
fuera verdugo de esta ciudad mejor. Sí, es seguro
que en la noche de New York, un gran envene-
nador — el sueño extraviado de los miserables
— ¡aquella cola del pan, en la lluvia de la una de
la noche! — tiene comprado el sueño ¿buscador?
de la policía. ¡Y ya pueden sonar, ligeros de ropa,
los timbres de alarma de la desvelada primavera!
i o 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
L X X X I X
New York,
5 de abril.
LA NEGRA Y LA ROSA
A PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA
LA negra va dormida, con una rosa blanca en
la mano. — La rosa y el sueño apartan, en una
superposición mágica, todo el triste atavío de la
muchacha: las medias rosas caladas, la blusa
verde y trasparente, el sombrero de paja de oro
con amapolas moradas. — Indefensa con el sueño,
se sonríe, la rosa blanca en la mano negra.
¡Cómo la lleva! Parece que va soñando con
llevarla bien. Inconsciente, la cuida — con la se-
guridad de una sonámbula — y es su delicadeza
como si esta mañana la hubiera dado ella a luz,
como si ella se sintiera, en sueños, madre del
alma de una rosa blanca. — A veces, se le rinde
sobre el pecho, o sobre un hombro, la pobre cabeza
de humo rizado, que irisa el sol cual si fuese de
oro, pero la mano en que tiene la rosa mantiene
su honor, abanderada de la primavera. —
Una realidad invisible anda por todo el sub-
terráneo, cuyo estrepitoso negror rechinante,
r o 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
sucio y cálido, apenas se siente. Todos han
dejado sus periódicos, sus gomas y sus gritos;
están absortos, como en una pesadilla de cansan-
cio y de tristeza, en esta rosa blanca que la ne-
gra exalta y que es como la conciencia del
subterráneo. Y la rosa emana, en el silencio
atento, una delicada esencia y eleva como una
bella presencia inmaterial que se va adueñando
de todo, hasta que el hierro, el carbón, los pe-
riódicos, todo, huele un punto a rosa blanca, a
primavera mejor, a eternidad...
X C
EPITAFIO IDEAL
DE UNA MUJER MUERTA
EN UNA NOVELA
ESTÁS aquí. Fué sólo
que tu alma subió a lo más insigne.
Fué sólo — estás aquí —
el abrirse de un breve día triste.
i o 8
f> E UN POETA RECIÉN CASADO
ERO <res, mi querido amigo, que han hecho
A ustedes New York expresamente para sal-
varla del fuego?
... Está enjaulada la ciudad en las escaleras
de incendio, como un mueble viajero que fuese
facturado en gran velocidad de aquí, al antro
plutónico. A los tres días , la obsesión es un in-
cendio total de la imaginación del que renaciera
nuestra idea a cada paso, igual que el Ave Fénix
de la copla andaluza. El fuego es lo único que
hace, por la ley, parar estas calles que andan.
Su campaneo constante, ahoga, ahoga, ahoga el
cantar — esquilas y músicas — de la vida y de la
muerte, como en un tercer estado que fuese el
único y el decisivo. ¡Fuegol
La primavera asalta las escaleras de hierro, sin
pensar que la pisarán todos los días huyendo en
cueros, y que los cristales rotos a hachazos heri-
rán, cada noche, su carne tierna. ¡Que me quiten
X C I
New York,
9 de abril.
¡FUEGO!
A MR. J. G. ÜNDERHILL
I o 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
de mi balcón la escalera mohosa y de mi pasillo
la lanza roja, el hacha plateada y la cuerda! ¡Y
que apaguen la sorda luz grana con su Fire
Escape! Yo quiero tener en mi casa la primave-
ra, sin posibilidad de salida. [Prefiero quemarme
vivo, os lo aseguro!
(JANDO, dormida tú, me echo en tu alma,
^-^y escucho, con mi oído
en tu pecho desnudo,
tu corazón tranquilo, me parece
que, en su latir hondo, sorprendo
el secreto del centro
del mundo.
que legiones de ángeles,
en caballos celestes
— como cuando, en la alta
noche escuchamos, sin aliento
y el oído en la tierra,
trotes distantes que no llegan nunca —
que legiones de ángeles
vienen por ti, de lejos
X C I I
Me parece
i i o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
— como los Reyes Magos
al nacimiento eterno
de nuestro amor — ,
vienen por ti, de lejos,
a traerme, en tu ensueño,
el secreto del centro
del cielo.
X C I I I
PRIMER DÍA DE PRIMAVERA
EN un remolino de viento fresco, color nuevo,
olor reciente, canción tierna. El mundo que
se hace mundito, para empezar de nuevo a in-
flarse. Nada más.
XCI V
New York,
10 de abril.
CEMENTERIO EN BROADWAY
A HANNAH CROOKE
T^STÁ tapiado este breve camposanto abierto
'de la ciudad comercial, por las cuatro rápidas
y constantes concurrencias del elevado, el tran-
i i i
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
vía, el taxi y el subterráneo, que jamás le faltan
a su silencio obstinado y pequeño. Un sin fin de
rayos de fugaces cristales correspondidos, que
anuncian con letras de oro y negro todos los
and C.° de New York, hieren, en la movible
alquimia del sol último, recogido interminable
y variadamente en sus coincidencias, las espal-
das y los hombros de las tumbas viejas, cuya
piedra renegrida y polvorienta se tiñe aquí y allá,
de color de corazón.
¡Pobre pozo de muertos, con tu iglesita de ju-
guete, cuyas campanas sueñan al lado de las
oficinas que sitian tu paz, entre los timbres, las
bocinas, los silbatos y los martillos de remache!
... Mas lo puro, por pequeño que sea y por
guerreado que esté, es infinito; y sólo la escasa
yerba agriverde que los muertos de otro tiem-
po brotan, y una única florecita roja que el sol,
cayéndose, exalta sobre una losa, colman de poe-
sía esta hora terrible de las cinco, y hacen del
cementerio un único hermano gemelo del ocaso
inmenso, trasparente y silencioso, de cuya her-
mosura sin fin queda la ciudad viva desterrada.
I I 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
XC V
UÉ débil el latido
I V^de tu corazón leve
y qué hondo y qué fuerte su secreto!
¡Qué breve el cuerpo delicado
que lo envuelve de rosas,
y qué lejos, desde cualquiera parte tuya
— y qué no hecho —
el centro de tu alma!
de yerba...
— [Qué bien se está, contigo,
en todas partes, ¡nueva,
aislada, solitaria
primavera!
XC VI
New Jersey,
12 de abril.
BRIL, dulce,
a todo, en esta sola hoja
Diario
i i 3
8
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
... Es el viento redondo
de la tierra completa
este brote de brisa
que mueve, apenas, la pradera...
XC VII
A NANCY
LAS flores, allá dentro de lo verde, empiezan a
sentir volar en torno suyo, fuera, y piensan:
¿A dónde irán las alas?
Y empiezan a sentir cantar gorjeos niños a su
alrededor, y piensan, dentro de lo verde: ¿A
dónde irán las cánticas?
¡Y se abren! Y... ¿A dónde van las alas? Y...
¿A dónde van las cánticas? Y... ¿A dónde, a dón-
de, a dónde sus fragancias?
I i 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
X C V I I I
New York,
14 de abril.
T /^\UÉ angustial ¡Siempre abajol Me parece
I que estoy en un gran ascensor descom-
puesto, que no puede — ¡que no podrá! — subir
al cielo.
XCIX
CREPÚSCULO
MUERE el día, sacándose a los ojos,
sangriento, el corazón...
— ¡Silencio!
El suave y verde prado,
el río barnizado,
el negro árbol, mojado (del invierno,
aún, y ya con hojas);
el pájaro callado... —
... Y, al irse, sus palabras más sinceras
habla. Sí; ¡cuánto más día es ahora
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
que va a morirse! No parece
que estemos en él, sino
que está delante de nosotros,
vivo como uno de nosotros
cuando se va a morir.
— ¡Silencio!
Las mujeres, los poetas, en la orilla aun fría,
despiden al sol rojo, en muda orgía,
mas ellos, como el día,
más vivos, como el día. —
C
New York. Calle 10 y 5.a Avenida,
esperando el ómnibus.
PRIMAVERA
0
EL largo viento de abajo, en donde aún es
invierno, invierno de barro, de negros y de
cajas de basura, se divierte con las pobrecitas
magnolias niñas, levantándoles las faldas, como
a unas mujeres de la calle sucia. Y en el tronco
fuerte e inmóvil, las hojitas blancas y rosas,
llenas de viento, aletean vivamente, pajaritos
que aún no pueden volar, como si quisieran
subir, subir, subir de estas casas sin fin, a la
1 i 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
brisa pura en que se están bañando ya las es-
trellas de la tarde...
— [Ay! (No sé qué es lo que se queja... ni
dónde...)— ¡Ay!
DOMINGO DE RAMOS
wOMINGO?
no es mío. Nada sé
de esto que llaman aquí gloria.
sin calor, de colores sin luz ni trasparencia,
contra un cielo vacío, en la mañana
sin paraíso!
con su calidoscopio contra el sol
triste...
¿Domingo? Las campanas
no dicen nada, el sol está
traducido en un oro débil. Dios
no entiende.
C I
...Este domingo
¡Rosa de fuego
... Están jugando
En este cielo,
i i 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
¿quién me conocería?
¿Domingo, amor?
O se ve y se ven momentáneas luces blan-
*> y cas. Nervioso, espero un trueno que no oigo.
Y quiero apartar con las manos el enorme ruido
de taxis, de trenes, de tranvías, de máquinas de
remache, y abrirle paso al silencio para que me
anegue en su golfo de paz, en cuyo cielo sienta
yo sonar y pasar la tormenta.
No sé si el trueno está o no está. Es como
cuando en la sombra imborrable de una noche
apartada de campo, creemos que hay alguien a
nuestro lado y lo sentimos encima sin verlo. Qué
infinidad de taxitos, de trenecitos, de tranvitas,
de casitas en construcción, por la breve inmensi-
dad de mi cabeza! Hasta hoy, que no oigo, en la
tormenta, el trueno, no he oído qué ruido era
este de New York... Llueve. No se ve. Y se ven
momentáneas luces blancas.
— [Domingo!
C I I
New York,
18 de a' ril.
TORMENTA
1 1 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CIII
ABRIL
EL oro, apenas,
de la hora,
posa su gracia en los arbustos,
igual que un niño aún, y sin rendirlos,
pero ya en él toda la gloria
de oro y de esmeralda, de su vida.
Y mira, alegre, al cielo y a ta tierra,
adolescente, apasionadamente.
ALISTE, entonces, de tu muerte seca y yerta,
^como la chispa ardiente de la piedra yerta,
como el olor sin fin de la corteza seca,
como el chorrear puro de la charca muerta
CI V
New York,
k8 de abril.
i i 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
TARJETA EN LA PRIMAVERA
DE UN AMIGO BIBLIÓFILO
? jDRENTANO'S? ¿Scribner's? ¡Horror!
v*#i^No muchos tantos libros. Muchos — ¿dón-
de?— un libro.
verdaderas;
lo justo para que ella, sonriendo
entre sus rosas puras de hoy,
lo comprenda.
Con un azul, un blanco, un verde
— justos — ,
se hace — ¿no ves? — la primavera.
C V
New York,
19 de abril.
C VI
ENCILLO?
Las palabras
1 2 o
\
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C V 1 1
¿PRIMAVERA?
Sí. Ponte de puntillas. ¿No ves el mundo, como
si fuera un sol naciente, tras el arbusto verde,
blanco y carmín de la aurora?
C V I I I
New York,
20 de abril.
¿...?
VIVE entre el corazón
y la puesta de sol o las estrellas.
— En el silencio inmenso
que deja el breve canto
de un pájaro; en la inmensa
sombra que deja el oro último
de una hojita encendida
por la yerba. —
Vive dentro
de un algo grande que está fuera
1 2 1
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
y es portador secreto a lo infinito
de las llorosas pérdidas
que huyen, al sol y por el sueño,
igual que almas en pena,
en una desesperación que no se oye,
de fuera a dentro a fuera.
Alguien pregunta, sin saberlo,
con su carne asomada a la ventana
primaveral: ¿Qué era?
EL ÁRBOL TRANQUILO
ESDE que está aquí la primavera, todas las
^--'noches venimos a ver este árbol viejo, bello
y solitario. Vive en la primera casa de la Quinta
Avenida, muy cerca de la que fué de Mark
Twain, en este sitio grato en que la iluminación
disminuye y el gentío, y se sale, como a un re-
manso, a la noche azul y fresca de Washington
Square, en la que, como en su fuente, se bañan,
puras, las estrellas, apenas perturbadas por algún
CIX
New York,
2i de abril.
A MR. PLIMPTON
I 2 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
que otro anuncio triste y lejano — Germanian —
que no deslumhra la noche, barco remoto en la
noche del mar.
Abril ha besado al árbol en cada una de sus
ramas y el beso se ha encendido en cada punta
como un erecto brote dulce de oro. Parece el
árbol así brotado un candelabro de tranquilas
luces de aceite, como las que alumbran las re-
cónditas capillas de las catedrales, que velaran
la belleza de este regazo de la ciudad, sencillo y
noble como una madre.
Pasan junto a él y junto a mí, que estoy
apoyado en su tronco, los ómnibus, lleno el te-
cho de amantes que van, de Washington Square
a Riverside Drive, a darse besos junto al río, un
poco cerca de sus carnes. El árbol no se entera,
y entre él — yo — y este sucederse de agrios
colores, olores y rumores, se agranda la distan-
cia como si fuera solo todos sus inviernos de
cerrado sueño, indiferente al voluble amor y
sólo atento a lo que no se cambia. Y mis ojos,
enredándose por sus ramas, son flor suya, y con
él ven la noche alta, solo yo como él, que ha en-
cendido, igual que mi corazón su sangre, su aceite
puro, a la eterna realidad invisible de la única y
más alta — y siempre existente — primavera.
i 2 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
MOR, no me acompañas; me amedrenta
*el cercano secreto
de tu sueño encendido y dilatado
a mi lado, en la sombra.
Sí; a veces veo luz de espadas en el cielo
de tu soñar,
como en una tormenta de desvelo, y me oigo
gritar en él, desde mi susto,
mientras tú te sonríes, preparando
mi muerte en lo lejano de tu sueño.
Sí, sí; me coges en el círculo
de tu soñar, y no lo sé...
Y aunque te tengo y eres toda mía,
con tu soñar en ti, y pudiera
matar, amor, tu sueño en ti, lo mismo
que a un veneno en su flor, le tengo miedo
a tu sueño, ¡amor, sí, te tengo miedo!
CX
DESVELO
I 2 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C X I
New York,
23 abril.
LA LUNA
A ALFONSO REYES
BROADWAY. La tarde. Anuncios marean-
tes de colorines sobre el cielo. Constelaciones
nuevas: El Cerdo, que baila, verde todo, salu-
dando con su sombrerito de paja, a derecha e
izquierda. La Botella, que despide, en muda
detonación, su corcho colorado, contra un sol
con boca y ojos. La Pantorrilla eléctrica, que
baila sola y loca, como el rabo separado de una
salamanquesa. El Escocés, que enseña y escon-
de su whisky con reflejos blancos. La Fuente, de
aguas malvas y naranjas, por cuyo chorro pasan,
como en una culebra, prominencias y valles
ondulantes de sol y luto, eslabones de oro y
hierro (que trenza un chorro de luz y otro de
sombra...). El Libro, que ilumina y apaga las
imbecilidades sucesivas de su dueño. El Navio,
que, a cada instante, al encenderse, parte cabe-
ceando, hacia su misma cárcel , para encallar al
instante en la sombra... Y...
* 2 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
— ¡La luna! — ¿A ver? — Ahí, mírala, entre
esas dos casas altas, sobre el río, sobre la octa-
va, baja, roja, ¿no la ves...? — Deja, ¿a. ver? No...
¿Es la luna, o es un anuncio de la luna?
CXII
New York,
24 de abril.
P R I M A V ERA
EN LA ADUANA
EN flor, un arbusto mece su sombra esmeral-
da sobre el prado verde limón, al suave
viento de la una, un poco solitaria por fuera.
Un pajarillo que ya ha vuelto de su lunch en la
posada de Fraunces, juega y canta, de la flor a
la sombra, de la sombra a la flor.
CXIII
IDILIO
ON qué sonrisa, en el paisaje rosa,
la madre joven hace, con su mano,
más larga la manita tierna
1 2 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
del niño, que la alza,
en vano, a las cerezas!
Un pajarillo, cerca, canta,
y el sol, bajo el rosal, trenza, vibrando,
sus rayos de oro con la yerba fina;
y el agua brota, blandamente,
perfumada de rosas encendidas
y de rosas en sombra.
¡Amor y vida
se funden, como el cielo con la tierra,
en un esplendor suave
que es, un instante, eterno!
GARCILASO EN NEW YORK
(JANDO vino de España aquella carabe-
>*^^la que trajo, con esta pequeña joya de
libro, seco y manchado hoy, la carga infinita de
belleza? Aquí, bajo este árbol preñado de ver-
dura, Garcilaso — que ¿desde cuándo? estaba
CXI V
New York,
26 de abril.
A MR. A. HUNTINGTON
I 2 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DI ARIO
sentado esperándome — está conmigo, es decir,
en mí, mirando con mis propios ojos, en el
cielo aún, la primavera nueva, que parece luz
levantada con el cristal de su libro, o dilatada
imagen de su mirar que vió a abril en Toledo.
Sí. En ningún libro, en cuadro alguno, en nin-
guna insinuación de aquí hay una frescura, un
verdor, una suavidad, un rumor, una tras-
parencia más igual a la de esta primavera que
en estos once versos de Garcilaso, que yo digo
en voz alta...
— ... Leyéndolos yo, cada verso, doncella o
doncel desnudos, con toda la hermosura tierna
de abril, ha dejado, corriendo al mar por cada
calle, verdes, inesperadas y alegres las once
avenidas de New York...
— ¡Sí! ¡Yo he sido! ¡Yo he sido! ¡Yo he sido!
Pero los policías sonríen...
i 2 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
I ^^_jqué sol sin astrol
|ay, qué alegría tristel
¡qué desierto tan lleno y tan sin sombra!
... Y el árbol sólo de mi alma crece
raudo, y con sus ramajes ideales
lo va guardando todo;
y su silencio húmedo
tiende sobre el desierto seco
y lleno todo,
un campo, nido eterno
de soledad, de paz y de dulzura.
Diario I 2 9 9
CX V
New York, Hotel Vanderbilt,
27 de abril.
OASIS
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ ; DIARIO
EW York, el marimacho de las uñas sucias,
^ despierta. Cual de la luz las estrellas lúcidas,
en el anochecer del cielo, van surgiendo, uno a
uno, de la sombra, negros, los buques que la
guardan, en cerco férreo, anclados en el Hudson
turbio. El día va poniéndose en su sitio y reco-
bra su teléfono en su oficina de Broadway.
En un anhelo, doblado por la aurora, de ser
pura, viene la primavera, nadando por el cielo
y por el agua, a la ciudad. Toda la noche ha
estado, desvelada, embelleciéndose, bañándose
en la luna llena. Un punto, sus rosas, aún tibias
solo, doblan la hermosura de la aurora, en lucha
con el trust «Humo, sombra, barro, and C.°», que
la recibe con su práctico. Pero ¡ay! se cae al
agua, casi vencida. Ejércitos de oro vienen en
el sol en su ayuda. La sacan desnuda y chorrean-
te, y le hacen la respiración artificial en la esta-
tua de La Libertad. ¡La pobre! ¡Qué encanto el
suyo, tímida aún y ya vencedora!
CX VI
¡VIVA LA PRIMAVERA!
i 3 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
El oro leve de las nueve le basta ya para ser
reina. Sí. Los brotes sucios de los árboles de los
muelles se sonríen, con una gracia rubia; cantan
cosas de oro los gorriones, negros aún del re-
cuerdo de la nieve, en las escaleras de incendio;
los cementerios de las orillas estallan con leves
ascuas el hollín, una banda rosa de oriente en-
canta los anuncios de las torres; repican, con-
fundidas, las campanas de fuego, las campanas
de todas las iglesias...
¡Vedla! Ya está aquí, desnuda y fuerte, en
Washington Square, bajo el arco, dispuesta a
desfilar, por la Quinta, hasta el parque. Sus pier-
nas desnudas inician, sin marchar todavía, el
paso marcial. Inclina la cabeza. ¡Ya!
— ¡Viva la Primavera! ¡Viva la Primaveraaa!
¡Viva la Primáveraaaaa!
CX VII
New York,
37 de abril.
CANCIÓN
1 3 1
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
qué sabéis de su centro?
— Si salís a su encuentro,
mi sueño no se altera... —
|Yo sólo vivo dentro
de la primavera!
EW York solitario ¡sin un cuerpol ...Y
t voy despacio, Quinta avenida abajo, can-
tando alto. De vez en cuando, me paro a contem-
plar los enormes y complicados cierres de los
bancos, los escaparates en transformación, las
banderolas ondeantes en la noche... Y este eco,
que, como dentro de un aljibe inmenso, ha ve-
nido en mi oído inconciente, no sé desde qué
calle, se acerca, se endurece, se ancha. Son unos
pasos claudicantes y arrastrados como por el
cielo, que llegan siempre y no acaban de llegar.
Me paro una vez más y miro arriba y abajo.
Nada. La luna ojerosa de primavera mojada, el
eco y yo.
De pronto, no sé si cerca o lejos, como
CX VIII
New York,
27 de abril.
ALTA NOCHE
1 3 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
aquel carabinero solitario por las playas de Cas-
tilla, aquella tarde de vendaval, un punto, un
niño, un animal, un enano... ¿qué? Y avanza.
¡YaI... Casi no pasa junto a mí. Entonces vuelvo
la cara y me encuentro con la mirada suya, bri-
llante, negra, roja y amarilla, mayor que el ros-
tro, todo y solo él. Y un negro viejo, cojo, de
paleto mustio y sombrero de copa mate, me
saluda ceremonioso y sonriente, y sigue, Quinta
avenida arriba... Me recorre un breve escalofrío,
y, las manos en los bolsillos, sigo, con la luna
amarilla en la cara, semicantando.
El eco del negro cojo, rey de la ciudad, va
dando la vuelta a la noche por el cielo, ahora
hacia el poniente...
CXIX
i
SERENATA ESPIRITUAL
A HORA, que estás dormida,
■^^puedo, solo, adorarte,
sin serme, con tu parte,
mi fé correspondida.
i 3 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
¡Qué bien, dar uno, entero
su afán, sin recompensa!
¡Esta es la vida inmensa,
el amor verdaderol
... Duerme, que yo, extasiado,
te adoro; que yo sigo,
pensándolo, contigo,
tu sueño remontado
hasta los altos fines
de esos cielos abiertos
a los que son, despiertos,
dignos de sus jardines.
¡Qué bien, ver la hermosura
que copia lo infinito
en el blancor bendito
de esta tu ausencia pura;
seguir atentamente
esa desentendida
realidad, que es la vida,
más alta de tu frente!
Cual si muerta estuvieras,
en tu latente calma
te adoro, con mi alma
entre dos primaveras...
i 3 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Duerme, que así me abismo
en tu amor sordo, ciego,
mudo para mi ruego,
cual si fueras Dios mismo...
cxx
New York,
28 de abril.
SI. Aprenden de nuestro sueño a ver la vida.
Basta.
CXXI
New York,
29 de abril,
AMOR
NO, no, nosotros dos no somos
nosotros dos, que estamos
aquí, viendo ponerse el sol granate
entre el verdor dorado
en que cantan, en ramo, sobre el río
los inconstantes pájaros.
No, no somos nosotros.
Nosotros dos — ¡oh encanto
del parque sin nosotros, con nosotros! -
nosotros somos esos dos románticos
1 3 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
que no son aún nosotros, que no están aún con
mismos, esos dos, que, soñando [ellos
en ser ellos, en no ser ellos, dulces,
se pierden lentamente, en solo un beso,
por el sendero — vago
ya en la hora en que cierran,
solo obedientes al ocaso — ,
por el sendero
solitario
en donde canta a la arboleda verde
ya, libre del pisar del día,
un obstinado pájaro.
CXXII
New York,
29 de abril.
PROLONGACIÓN DE PAISAJE
UÉ bienestar material! Parece que la san-
gre del cuerpo es el agua aquella que re-
flejaba el crepúsculo, que es él mismo el paraje
que ha sentido el alma, con sus árboles, con su
agua, con sus pájaros. Es el cuerpo como una
carne gloriosa que está esperando, en su centro,
la resurrección de su alma muerta en el reino
de la realidad, es decir, de la fantasía. O que el
1 3 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
cuerpo es el paisaje de tierra y el alma es el
cielo crepuscular...
La ciudad nocturna intenta despertarnos al
entrar en ella por la Quinta iluminada toda vio-
lentamente, como la aurora de los gallos de un
cielo dulce. Pero es un duermevela en el que
vence siempre el sueño de la carne, es decir, la
verdad.
CXXIII
New York,
30 de abril.
DE pronto, cayendo ya el sol sobre la dulce
calle once, en sombra la roja casa vieja de
esos señores que ahora van camino de España,
un organillo empieza a llorar bajo mi ventana.
Es un carrito verde que arrastra y toca una bruja
de Goya, negra, cana, con grandes guantes de
pelo gris.
La señorita desnuda que, enfrente, escribe a
máquina desde el alba, no se inmuta ni para su
aguacero de metal. Sin embargo, el organillo
llora igual que un hombre. Sí, parece que destila
lágrimas difíciles de no sé qué barniz multicolor
y cristalino que embriaga mal como un vinote
1 3 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
de taberna... Pero hace llorar limpio y eleva, no
sé a qué, el corazón, solo...
Innumerables cirros rosas pintan por el cielo
como una escalera blanda que lleva a los ideales,
¡al sur! — El organillo, al sentir yo así, grita y se
desentona, cual si sus notas fuesen latidos de un
corazonazo descompuesto. —
CXXI V
i de mayo.
DÍA DE PRIMAVERA EN NEW JERSEY
A YOYÓ
L— LA MAÑANA
LOS troncos, secos aún, tan secos que
parecen apolillados, han abierto orejas
de arriba abajo, en sarta viva, por toda su ma-
dera, para oiría venir, como viene, cantando dé-
bilmente por los valles velados.
II.- MARIPOSA MALVA
Ya la nieve ha dejado al sol las hojas secas
del otoño pasado, que conservaba iguales e in-
tactas bajo su frío blanco y llenan todo el suelo.
i 3 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Los árboles, aún sin brotes y sin flores, tienen,
sobre el azul con viento, volubles copas de nubes
blancas. Una mariposilla malva pasa entre los
troncos crujientes y se va, antes casi de que po-
damos verla.
—¡Mira!
Cuando tú miras, ya se ha ido, dejando una
inmensa desolación del tamaño de la esperanza
de un minuto, que llenó todo el campo, en todo
el valle solitario, que manda al olor seco con sol
del bosque alto un olorcillo con sol, fresco y
nuevo.
III.— MEDIODÍA
Por el ambiente yerran, como viento, colorines
que aún no están posados en ninguna parte.
Aquel bosque parece ahora vagamente verde,
luego, lleno de flor roja, o violeta...
La hora, de oro claro, se va llevando al ocaso,
en su seno, visiones de armonía y de hermosura
que no se sabe qué son, ni cómo, ni por qué.
Se salta, se ríe, se habla mucho, se canta... se
suspira... ¡Ya viene, por la tarde también!
i 3 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
IV. - INSISTENCIA
Lejos, entre el fresco viento tembloroso, hay-
ilusiones de color nuevo, como manchas verdes,
moradas, azules, que las sombras de las nubes
quitan y ponen. Todo el paisaje está cual esfu-
mado dulcemente por una eterna mano femeni-
na. Estamos en dos tonos. No hay aún tricromía.
Es como si abril acercase a nuestra alma la pri-
mavera lejana a través de su telescopio de ale-
gres cristales.
V. -INSISTENCIA
Aquí, a mi lado, en la infinita soledad de cer-
ca, canta un rondaflor en una rama amarilla; la
deja luego, y la rama se queda meciéndose. Allá,
en la infinita soledad lejana, se adivinan, entre la
niebla, vagas manchas verdes, tiernas, albinas,
de campos grandes que tienen el gran sol débil
de un cielo que insiste en despejarse.
VI. — LA TARDE
El claro oro de luz de las cinco se dilata in-
mensamente, hasta romperlo, en su marco de co-
lores nuevos, como si fuera el alma ansiosa de
i 4 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
la tarde que quisiera ser todo el mundo, mos-
trarse en toda su hermosura, desbaratar la natu-
raleza que la contiene para crear otra naturaleza
más divina. Se enciende, se enciende... Toda-
vía no puede... Y, poco a poco, apagándose otra
vez en maravillosa retirada de color con luz, se
va al ocaso suspirando inmensamente por una
verdad que aún parece mentira.
Mañana, ya con un poco más de fuerza, dirá:
¡Mañana!
VIL— SOMBRAS VERDES
Sobre la yerba verdeoro, en que la luz decae
y se enfría, verde que no ha igualado la guada-
ña, oro que el sol complica, nuestras sombras
de amor se alargan, en pura esmeralda, hasta un
naciente malva, rosa y gris de ramajes y nubes
confundidos, que parece la retirada del invierno.
VIII. - LA NIÑA
La niña se ha quedado sola, sentada en el tron-
cón, jugando con las culebrillas de tierra que
saca de debajo de las piedras. No habla. Sólo
sonríe.
Le sonríe y le tiende las manos, echando la
i 4 i
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
cabeza atrás, abiertos los ojos al cielo que tiene
a la espalda, en un deseo descuidado y tornadi-
zo, al sol poniente que, como un caramelo gra-
na, se pierde poco a poco tras la niebla de un
alto horizonte de nube.
IX.- EN EL TREN, DE VUELTA
Morado y verde todo, vagamente. La prima-
vera, toda la primavera ante la que vamos pa-
sando, gran fresco de un Puvis de Chavannes con
más jugo, se recoge y se hunde en su propia alma
como una flor de esas que se cierran de noche,
una gran flor poco vista... Soñolencia... Cada vez
que se abren los ojos, el paisaje real tiene el
valor mismo qiie el del recuerdo, pintado en la
ausencia momentánea del sueño. Nunca vi más
armonía entre la ilusión y la verdad, amor, que
entre tú y mi sueño, que entre mi sueño y este
anochecer verde y morado de primavera.
i 4 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CXX V
EPITAFIO
DE UNA REINA DE CORAZONES
MUERTA EN UNA MÚSICA, PUES QUE ES IDA PARA MÍ
EJEMPLO de mi vida es esta rosa
que de mi muerte, vida eterna, brota:
lleva en su mano, dulce, la corona.
Corren todos un punto, mudos, ciegos,
locos, sin saber qué era,
solo porque gritaron:
¡Ahí va la primavera nueva!
Y todos vuelven tristes,
caminando hacia atrás, sonriendo al frente,
CXX VI
MARIPOSA MALVA
Hf val
— ¡La primavera nueva!
i 4 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
con los brazos tendidos
y las manos abiertas.
— ¡Qué lástima!
— ¡Sí era!
Corren todos
de aquí á allá, ciegos, mudos,
locos, entre los secos árboles,
sobre las viejas hojas secas,
solo porque gritaron:
¡Sí era!
Cruje todo el invierno, exhala
olores de madera seca y tierra
abierta.
— ¡Ay, ay, ay, ay!
Todos miran
al cielo, abriendo inmensa-
mente los ojos, olvidados
de la tarde.
Y caen, al fin, mustios,
como una yerba muerta
quemada de ansia. Al lado de su sueño,
la mariposa malva se ha quedado quieta.
i 4 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CXX VII
PUERTO
A MISS HAGUE
LAS seis del agua. El silencio, como un enor-
me color único, parece inmenso y se siente
con los ojos, pero en los oídos siguen, en insis-
tente confusión, las sirenas, los remaches de aire
comprimido, las bocinas, como sonando en un
cuadro.
¡Ahí La primavera, que aquí también se gana
la vida — hija única al fin — como «decoradora
de exteriores», se retira en su golondrina, de
blanco y Panamá, á su casa de Long Island, a
descansar hasta mañana.
CXX VIII
Montclair,
2 de mayo.
CEMENTERIO ALEGRE
T^STÁ, como el de Spoon River, en la colina
^-'que pisa ya levemente la primavera, al otro
lado, el más bello siempre, del río. Sus árboles
Diario
* 4 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
tiemblan ya todos verdes, pero todos trasparen-
tes aún, y se les ven los pájaros y las ardillas.
Es como la plaza del pueblo, lo despejado, lo
claro, lo junto al cielo, a donde se viene, la
mañana de asueto, a ver los lejanos horizontes
azules. Sus tumbas se derraman, como unas
ruinas bellas, como una luna hecha pedazos, por
lo verde, o buscan, entre las casas, la sombra
de las ventanas con flor. Los niños se paran
tranquilos entre ellas, hablándoles a sus jugue-
tes, absortos en una hormiga, mirando sus glo-
bitos rojos, morados, amarillos...
Dan ganas de alquilar una tumba ¡sin criadosl
para pasar aquí la primavera.
A copa del árbol frondoso que cobija este
'banco en el que, cara al cielo, me abandono,
no es de hojas sino de pájaros. Es el canto tupi-
do el que da sombra — una sombra oscura de
tarde nublada ya muy tarde, sombra, sombra,
CXXIX
TARDE DE PRIMAVERA
EN WASHINGTON SQUARE
i 4 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
sombra, casi hasta ser nada — , gratitud y fres-
cura, el que pinta, enlaza y se menea con la leve
brisa que, a ratos, quiere levantarse, como otra
música, de la paz plomiza de mayo.
Es como estar al lado de un manantial de me-
lodía fresca, no se qué alta fuente de fortaleza,
salud y alegría. No importa el sabor de la tarde,
amarga igual que una raíz. Como el niño pobre
es feliz con solo un juguete, los pájaros bastan a
ahuyentar la hiél e ilimitar la plaza breve limita-
da arriba — el alma — por nubarrones cercanos
y bajos que de vez en cuando, como un perrazo
a un pollito, nos dan una manotada desconocida
y fría.
... Aquí y allá, mudos y extrañados eslabo-
nes de mi misma deslabonada cadena, unos paja-
rillos rojos, de esos que, según dice la prensa, se
han escapado estos días del jardín zoológico y
que no hablan la lengua de los otros, esperan,
como yo, sin movimiento, no sé qué verdad,
primavera, o, amor, qué mentira...
i 4 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
■ ^^Je extrañe, aunque le fastidie! Azul, sí...
Antes de saber que el rubio y seco inglés lo
decía de este modo, ya yo, que como el que lo
dice y el que no lo dice, me había sentido azul
muchas veces — no tantas quizá como supone
Fitzmaurice- Kelly que, en su lamentable The
Oxford Book of Spanish Verse, me ha bautiza-
do en azul de cromo y a su gusto cuatro
poesías — , lo había dicho y escrito: Dios está
azul. . . Porque no se trata de decir cosas cho-
cantes, como puede creer cualquier poeta del
Ateneo de Madrid o del Club de Autores de
New York, sino de decir la verdad sencilla-
mente, la mayor verdad y del modo más claro
posible y más directo. Sí. ]Qué gustol «Me sien-
to azul». «|Qué azul estás!» «Tengo los azules
en el cuerpo»...
Pero no para matarlos, como quiere ese anun-
cio del tranvía, en que un cazador — periódico
cxxx
New York,
3 de mayo.
«ME SIENTO AZUL»
poderlo decir sin que á nadie
DE UN POETA RECIÉN CASADO
de chistes — mata, rojo en fondo amarillo, a dos
«azules» atados, en forma de demonios, a un
árbol seco.
No, no hay que matar la pasión de ánimo,
mala o buena que sea. Hay que dejarla libre,
hasta que ella quiera ¡que ya querrá!, como yo
me dejo hoy, azul , estar y nombrarme azul en
esta New York verde, con agua y flores de
mayo.
CXXXI
NOCTURNO
A ANTONIO MACHADO
ES la celeste geometría
de un astrónomo viejo
sobre la ciudad alta — torres
negras, finas, pequeñas, fin de aquéllo... —
Como si, de un mirador último,
lo estuviera mirando
el astrólogo.
Signos
exactos — fuegos y colores —
i 4 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
con su secreto bajo y desprendido
en diáfana atmósfera
de azul y honda trasparencia.
[Qué brillos, qué amenazas,
qué fijezas, qué augurios,
en la inminencia cierta
de la extraña verdad! ¡Anatomía
del cielo, con la ciencia
de la función en sí y para nosotros!
— Un grito agudo, inmenso y solo,
como una estrella errante — .
... ¡Cuán lejanos
ya de aquellos nosotros,
de aquella primavera de ayer tarde
— en Washington Square, tranquila y dulce — ,
de aquellos sueños y de aquel amor!
C XXXII
New York,
7 de mayo.
L cielo? Un incoloro color más, para ha-
cer, en franjas iguales, una bandera — en-
seña de lo mortal — con la cortina azul a un
1 5 °
DE UN POETA RECIÉN CASADO
tercio de ventana y, a dos tercios, la cortina
amarilla.
El cuervo dice: Nada más.
CXXXIII
MARINA DE ALCOBA
'se posa aquí y allá.
No la vemos, llegando,
donde cerró el volar.
La isla estaba desierta,
sin luz primaveral
mayo, el amor volvía
los ojos hacia atrás...
Vida: ¡mar!
— Se mueve, alegre, el lecho
como un barco. La mar
tiembla, toda amarilla
de sol — en el cristal
que, entre las rosas, coge
su irse — , con el afán
de ser surcada. Ardiendo,
ESTAMPA ANTICUADA
A ilusión, gaviota
1 5 i
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
dicen las olas: ¡Másl
Vida; ¡mar! —
De pie en el alma mía,
nunca se pararán
mis ojos en la vida
firme. En inmenso par,
latirán el mar único
y mi corazón. ¡Más!
dicen las olas; dice
¡Más! ¡¡Más!! mi voluntad.
Vida: ¡mar!
NOCHE EN HUNTINGTON
E oye hablar al niño, y es como si la
• • • Apalabra infantil que traspasa las made-
ras, fuese del tamaño de la casa — esta casi-
ta de estanciero, vieja, baja, de pequeñas ven-
tanas, con su jardincillo humilde — , que se sien-
te blanca y recogida, como una gata blanca, en
CXXXI V
A MRS. ARTHUR W. PAGE
L — TORMENTA
i 5 ^
DE UN POETA RECIÉN CASADO
la noche fresca de tormenta. Y las palabras del
niño a la madre le preguntan, tranquilas, al
cielo.
Fuera, los sapos cercan la casa, en charcas
que no sé, con su unánime flautido de agua,
agudo y dulce, que no parece de seres feos, sino
de lirios del aire, que sube todo, o baja, o se des-
vía, según el ventarrón. Dentro, el reloj, se oye,
por el hueco de la escalenta blanca, abajo, don-
de antes hemos leído y tocado el piano viejo.
— ¡Qué paz habrá en las cosas solas, libros, flo-
res, rescoldos! —
El trueno cerrado, tras la madera débil, que
casi no está entre él y nosotros. Otro. — El agua-
cero completo — . Otro. Y se derrama en el es-
panto, como un aceite tenue, calma de la tem-
pestad, la voz inocente del niño, que le habla a
la madre y al cielo.
II.— LA TORMENTA PASA
¿Qué hora es?... Como en una isla de luz ver-
de, en cuya gran claridad lucen zigzagueos más
claros aún, por la ventanita, se ven, un mo-
mento, en el huertecillo de la casa, que da su
poquito de realidad dulce y pacífica a la madru
i 5 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
gada, los cerezos en flor y las gallinas dormi-
das... El fondo aparece, a saltos, un punto, aquí
y allá, siempre donde no se esperaba, en su
susto acercado en diversos cercas, con todas sus
cosas representadas tétricamente...
III. -ALBA
Despierto, por centésima vez, entre los indios
de mi pesadilla, los del relato de anoche, que pa-
rece que acaban de salir de mi cuarto...
Entra por las ventanas abiertas un fresco cru-
do, vivo, con un olor a flores mojadas que barre
la pesadilla. ¡Qué sofocación! ¡Qué fiebre! Por
esta parte, el cielo está de agua, pero el sol debe
verse en su aurora porque los verdes de la co-
lina están con él...
... Otra vez despierto con los indios. Pero, ¿me
había dormido? El perrillo negro de anoche debe
estar jugando con las gallinas. Pían los pollitos
amarillos de ayer, y los pajarillos del nido del
árbol al que nos llegamos ya anochecido...
Y entro y salgo en mi sueño de la madruga-
da, casa, como ésta, de dos puertas — ¿el sue-
ño o la casa? — ¡Qué amanecer tan largo y tan
igual a sí mismo! ¡Siempre el mismo tras mi
DE UN POETA RECIÉN CASADO
sueñol ¿Es que amanece? ¿Es que lo que yo
creo amanecer es la entrada de la primavera en
Huntington?
CXXX V
New York ,
10 de mayo.
ELEGÍA
I.— EN LA MAÑANITA
UN fino pajarillo canta débilmente en la ven-
tana. Desde el lecho de los dos, aún encor-
tinado, su voz dice que hace sol afuera. Es su
trino de sonetillos frescos, como un mayo breve,
dentro del cual está ya toda la que no estaba
aún ayer en la primavera grande: la rosa, la bri-
sa, la nubecilla blanca, el arroyo deshelado... ¿el
amor? ¡El amorl ¿Dónde está el amor?
II.- POR LA TARDE
Ha vuelto el pajarillo a mi ventana, en la que
pienso, ahora, solo con la tarde; el cantorcillo se
hincha, se dilata, se hace junto a mí como otra
New York ideal de ilimitadas márgenes de oro,
la New York verdadera que viene bien a mi co-
* 5 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
razón. El amor ¿no se fué ya? Ahora ei horizonte
último, con la música sencilla, está aquí ¡solo! y
el horizonte lejano está vacío. <¡Y el amor? ¡Aquí
está el amor, ay!
^que entonces, viva,
fresca y de oro,
como si ella fuese Ella,
¡más Ella todavía,
pues se parece a su recuerdo inmenso!
Primavera, ¿a qué pones
nuevo campo a su fuga?
¿Por qué haces que torne
a huir de mí, otra vez,
por tus valles en flor,
más bella aún en la memoria?
CXXXVI
I 5 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CXXX VII
1 1 de mayo.
UÉ distancia, aquí, de la vida a la muer-
te y, por lo mismo, qué proximidad, es
decir, qué conformidad!
CXXX VIII
New York.
12 de mayo.
TARDE DE PRIMAVERA
EN LA QUINTA AVENIDA
A MADELEINE BOGERT
I.-PAZ
LOS gorriones, que no se ven en el hierro de
los peldaños, chillan en las escaleras de in-
cendio, que no se ven de gorriones. Chillan, casi
cantan con la belleza del sol rosa que se va, y
hacen las escaleras hórridas de hierro escaleras
de plata, de alegría, de cristal — un poco basto,
como de botella, pero cristal al fin — . Paz rui-
dosa...
' 5 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
H.— ¡FUEGO!
... No. No es aquí. ¡Podéis seguir cantando,
gorrionesl ¡Talánl ¡Talán! Las bombas, largas,
doradas y rojas, con sus hombres de juguete o
de teatro, pasan, campeadoras, entre las magno-
lias en flor de la casa de Mark Twain y de la de
Brevoort...
III.— VIENTO
...Ya través de los banderones rojos, blancos
y azules, listados y estrellados, que hincha el
gran viento de la Quinta llevándosela al ocaso
con ellos, velamento polícromo, se ven, vagos,
los enormes edificios, llenos de oros y crista-
les, cobrizo todo del poniente tras la tela. Está
claro el cielo y, volviéndose uno, mira, sobre el
arco de Washington, las torres del Woolworth,
blanca y oro, y del Singer, roja y gris, distintas
¡y hasta puras!
IV.— ANUNCIOS
... Multiformes, multicolores y multiveloces, se
van encendiendo sobre el cielo malva, en el que
alguna estrella prende la luz del día, los anun-
cios. ¡Qué bonitos están hoy, como dados a luz
por la primavera con las flores!
i 5 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CXXX IX
New York,
13 de mayo.
Noche fabricadora de embelecos,
loca, imaginativa, quimerista...
Lope de Vega.
HEMOS estado en ello
y se nos ha quedado
para siempre en la sombra. Cosa nuestra
fué, más nosotros lo ignoramos,
y nadie nunca nos dirá qué era
porque fué sólo nuestro.
Estamos hoy,
como nacidos hoy — como si fuera
ello el vientre cerrado
que nos dio a luz, donde estuvimos
no sabemos por qué, ni cómo, ni qué tiempo,
ni cuándo... —
Y ahora, ¡a vivir de nuevo! Sigue
la primavera engalanándo-
se. El pájaro, la flor, tranquilamente,
cantan y aroman en el sol suave
el jardinillo solitario
de la calle de hierro, piedra y ruido.
1 5 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
... Mas, ¿cómo podrá ser hoy el vivir,
desde un nido de sombra,
como creímos ayer tarde,
entre la primavera verde, claro?
TRA vez, sí. |Y ciento! El mayor atractivo,
^^para mí, de América, es el encanto de sus
cementerios sentidos, sin vallas, cercanos, ver-
dadera ciudad poética de cada ciudad, que atan
con su paz amena y cantada de pájaros, en me-
dio de la vida, más que los jardines públicos,
que los puertos, que los museos... Una niña va
entre las tumbas — violetas y azules bajo lo ver-
de— , de su casa a otra, tranquila, deteniéndose
abstraída a sonar su muñeca o a seguir con los
ojos una mariposa. En los cristales colgados de
yedras de las casas próximas, se copian las cru-
ces, a la fresca paz cobijada por la espesura que
hermana, en una misma sombra, casa y tumba.
Los pajarillos de ahora vuelan de la cruz a la ven-
CXL
De New York a Philadelphia,
19 de mayo.
CEMENTERIOS
1 6 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
tana, tan tranquilos entre los vivos como la niña
eñ la colina, entre los muertos.
¡Cómo vence aquí la belleza a la muerte,
ejemplo tranquilo y grato en medio de tantos
malos ejemplos de prisa y malestar I ¡Oh rosa
bien olida, oh agua bien bebida, oh sueño bien
soñado! [Qué bien deben descansar los muertos
en vosotras, colinas familiares de New York,
claros, en la vida diaria, de vida eterna!
CXLI
De New York a Philadelphia,
entre la primavera verde de los dos lados de la vía,
20 de mayo.
DEJARSE mandar en lo difícil es, o puede
ser, signo de energía. Obedecer en lo nimio
y fácil es cobardía, humillación, servilismo.
Diario
i 6 1
1 r
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
UCES verdes, blancas, carmines, moradas,
'que se. parten, se complican y se adornan en
el Potomac, poblando de colorines su limpia som-
bra trasparente, señalan y nombran la fijeza y el
sueño de las cosas recogidas ya, hasta mañana.
La ciudad mejor, sosegada y feliz, se retira a su
alma, y en su arrabal, vecino al campo, un peda-
zo de luna grande y grana, como mal partida por
las manos de un criado negro, sube difícilmente,
ganando en oro. Se adivinan vagos yates blan-
cos en un agua que arañan los sauces trenzando
con el oleaje horizontal de ella un oleaje vertical,
azul éste, verde aquel. Según pasamos, un árbol
murmura tras otro, con el viento suave dentro
de sus copas que mayo refresca de un verdor
unánime. La noche no tiene una sola nube y es
de un solo e inmenso olor crudo, áspero y fino.
Un pájaro, que no sé qué es, canta insistente-
mente en un bosque de bajos arbustos húmedos...
C X L I I
Washington,
20 de mayo.
NOCTURNO
A KATHERINE SARGENT
6 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Ni el reflector que ilumina la punta del obe-
lisco, ni los letreros de luces de colores de los
hoteles, ni los puentes que trenes constantes di-
bujan con ruido, perturban el romanticismo clá-
sico que emana de la noche pura. La juventud
la goza en automóviles brillantes y alegres, por
los caminos asfaltados que acompañan en sus
caprichos al río, con jacintos y lirios que si los
reflectores despiertan un punto, dan a la noche
su amarillo, su rojo o su violeta. Una brisa total,
de todos los tiempos, pasa el corazón, fría y
grata como una crema, igual que si en la noche
honda de primavera rebosara de las estrellas,
que fulgen cuajadas, como postres helados de
la cena.
RECTIFICACIÓN CON EL SOL
O hay nada de lo dicho anoche. ¡Qué des-
l ayuno! Era la ignorancia, doble noche,
¡como siemprel
CXLIII
Washington,
21 de mayo.
i 6 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DI ARIO
C XLI V
20 de mayo,
por la pradera del obelisco de Washington,
con sol poniente.
NOTA A MISS RÁPIDA
SI corres, el tiempo volará ante ti, como una
mariposilla de marzo. Si vas despacio, te se-
guirá el tiempo, lentamente, como un buey
eterno.
C X L V
Philadelphia,
23 de mayo.
PAISAJE DE CONSTABLE
TORMENTA encima. No es sombra de nube,
porque no hay sol. Es un frío como una
sombra, en vez de una sombra...
— Parece que caen unas gotas... ¡Ah, qué
tontería; no importa; tiene montera la sala...
1 6 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
A alma, con olvidar en la mañana?
[Si cuatro largos clavos bien clavados
alma hasta tus entrañas,
abrieran cuatro grandes rosas puras
de aquellas cuatro lívidas palabras
que en su corazón bueno
él tendrá, desde entonces, enclavadas!
¿Y habrás de conformarte solamente,
con ser feliz del todo, alma?
C X L V I I
De Philadelphia a New York
crepúsculo lluvioso,
24 de mayo
REMORDIMIENT O
habrás de conformarte
' 6 s
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
C X L V 1 1
New York,
26 de mayo.
A MIRANDA, EN EL ESTADIO
Come unto these yellow sands,
And then take Jiandsl
Shakespeare.
¡ ]\/[IRANDA> Miranda, Miranda
l-^Ablanca, dulce y de oro, anda,
no te quites ya el traje puro,
no tornes al sótano oscuro
esta ilusión de tu belleza
que, pues ha estado en tu cabeza,
es verdad tuya!
— El encendido
reloj de la torre, subido
a las estrellas, se ha perdido. —
... ¡No vuelvas tú ya de la escena
a la amarilla y triste arena!
Ya que, en esta noche, supiste
ser de fulgor, y conmoviste
1 6 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
mi alma, hasta hacérmela diosa,
alimentemos a la rosa
cortada, con agua divina,
para que nunca sea espina.
¡Vamos los dos a donde ha ido
tu voz celestel ¡Que el olvido
no se interponga, como el día,
entre esta noche tuya y mía
y esa otra noche de mañana,
... ¡y esa otra noche de mañanal
¡Miranda, vamos donde ha muerto
tu voz ¡para mil en el abierto
mar de la noche constelada!
Aún esa luna inmaculada
puede decirme en dónde estamos
con tu voz...
¡Sí, Miranda, vamos,
anda Gladys, digo, Miranda,
¡Miranda, Miranda, Mirandal,
desde este azul artificial
al oro real de lo inmortall
i 6 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
C X L V I I I
New York,
27 de mayo.
AMANECER
POR los claros de la tormenta, comienza a
verse, diluida, el alba, no sé si con luna»
Truena sordamente.
El elevado pasa por la 6.a, sobre su puente,
como una rápida baraja voleada de ventanas
amarillas, y ya, o aún, sin nadie. Un único paja-
rillo entrecanta aquí y allá. En el palacio de en-
frente — ¿la muerte, el amor? — el portal encen-
dido aún, o ya.
Un instante, como una isla, el mal olor de
siempre se abre con no sé qué olor bueno,
como de lirios del valle o de no sé qué fruta
en flor — ¿el amor, la muerte? — en la brisa de
abril. Una mariposilla blanca, que en la vaga
luz suave y azul de lo que viene es blanquísima,
revuela, loca, del suelo al cielo, en una libertad
triste — ¿la muerte, el amor? — ...Truena sor-
damente...
1 6 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CXLIV
ABRIL
UÁNTA nube, esta noche de tormenta,
debajo de la estrella!
¡Qué mala tienes siempre
que ser, para ser buena!
C L
New York, Museo Metropolitano,
29 de mayo.
RETRATO DE NIÑO
(atribuído a velázquez)
EN un caerse de temprana tristeza pensativa,
me mira, desde el rincón, el niño. ¡Qué aca-
riciar el de su nostálgica almilla española! Son los
ojos más bellos y más dulces que he visto aquí,
manantial sin fin de bellas miradas, que miran
desde tantas partes. Yo estaba pensando con nos-
talgia en el otoño de New York, ahora que entra
la primavera. Y de pronto, he aquí el otoño.
Sí. Caen hojas secas en este rincón solitario,
1 6 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
y el cuadro se sume a veces en una arboleda de
oro, malva y rosa, con lágrimas colgadas, que
está en su fondo, tras su fondo...
[Pero no debe ser! Este niño debía tener en
su boca la rosa mejor de la primavera. El vigi-
lante está dormido... ¡Si fuera el cuadro más
pequeño...!
C L I
New York,
4 de junio.
AUSENCIA DE UN DÍA
AHORA, soñar es verte,
y ya, en vez de soñar,
vivir será mirar
tu luz, hasta la muerte.
[Mirar tu luz! Ni sueño,
ni ensueño. Sólo amor,
más fácil y mejor
que el sueño y el ensueño.
¡Muera mi fantasía!
Tocar, gustar, oler,
oir, ver... esclarecer
i 7 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
tu verdad con la mía;
pues que tú me has dejado,
con tu oculto fluir,
para tu sonreír
como un iluminado.
¡Qué claros campos riegas,
derecho, oh río, hoyl
¡Ahora si que voy
por las eternas vegas!
C L I I
LA MORAL EN EL AMOR
RECUERDO el cuadrito de Couture, y siem-
pre, como su nombre, caen sobre él las dos
palabras desnudas: El Placer.
El cuadro es pequeño como el mundo, y cla-
ro; alegre como la mañana, visto por la tarde, y
triste como la tarde, pensando en la mañana;
rojo y hueso, como una herida. Un joven pintor,
sentado sobre una marmórea cabeza de Apolo,
analiza, más que dibuja, boca casi contra hocico,
la sangrienta cabeza de un cerdo.
i 7 i
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ ; DIARIO
A entre el viento lloroso de esta tarde
caliente y fresca de entretiempo,
el barco, negro, espera.
— Aún, esta noche, tornaremos
a lo que ya casi no es nada
— a donde todo va a quedarse
sin nosotros — ,
infieles a lo nuestro.
Y el barco, negro, espera. —
Decimos: ¡Ya está todo!
Y los ojos se vuelven, tristemente,
buscando no sé qué, que no está con nosotros,
algo que no hemos visto
y que no ha sido nuestro,
¡pero que es nuestro porque pudo serlo!
¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós! a todas partes, aun sin
¡y sin querernos ir y casi yéndonos! [irnos,
C L I I I
VÍSPERA
A, en el sol rojo y ópalo del muelle,
i 7 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
... Todo se queda con su vida,
que ya se queda sin la nuestra.
¡Adiós, desde mañana — y ya sin casa —
a ti, y en ti, ignorada tú, a mí mismo,
a ti, que no llegaste a mí, aun cuando corriste,
y a quien no llegué yo, aunque fui de prisa
— ¡qué triste espacio en medio! —
... Y lloramos, sentados y sin irnos,
y lloramos, ya lejos, con los ojos
contra el viento y el sol, que luchan, locos.
A libertad se funde en el raudal oriblanco
-"del sol poniente, y solo es ya estatua en el
recuerdo o en el sueño. Un biplano se echa, li-
bélula inmensa, contra ese sol que alucina. Ince-
santes barcos de todas clases, justificadores del
oleaje sin tregua, pasan, vienen, van, agriando
sus verdes, endulzando sus carmines, dorando
sus amarillos. La realidad invisible es tan bella,
C L I V
New York,
6 de junio.
PUERTO
A MRS. SETH LOW PIERREPONT.
7 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
que lo absorbe todo, y no se oye rumor molesto
alguno sino en lo inconsciente — no sé qué sub-
puerto de sirenas, campanas y martillos de aire
comprimido... — Frío...
De pronto, el barco de la noche, la Sombra
de pie en la proa, viene de oriente, majestuoso
y raudo, a la ciudad ya casi sin luz. Y en un jue-
go complicado y doliente de retirada, el ocaso
le proyecta a la noche, con focos malvas y de
oro, grises y rosados, una remota primavera,
que ella apaga, sin resistencia, sonriendo, en una
semilucha tranquila y sin sangre...
-■—'con rosas, porque no
recordara.
Una rosa distinta,
de una imprevista magia,
sobre cada hora solitaria de oro
m
CLV
E taparía el tiempo
i 7 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
o sombra,
hueco propicio a las memorias trágicas.
Que como entre divinas
y alegres
enredaderas rosas, granas, blancas,
que no dejaran sitio a lo pasado,
se le enredara,
con el cuerpo,
el alma.
C L V I
A bordo, 7 de junio.
DESPEDIDA SIN ADIÓS
MAR amarilloso con espumas sucias, en un
leve fermentar, como de gaseosa de limón.
Se quedan atrás, con el leve ir del barco, barri-
les rotos, maderas viejas, guirnaldas de humos
y espumas. Volviendo la cabeza a lo de antes,
que ya no es nada, New York, como una reali-
dad no vista o como una visión irreal, desapare-
ce lentamente, inmensa y triste, en la llovizna.
Está todo — el día, la ciudad, el barco — tan
cubierto y tan cerrado, que al corazón no le salen
adioses en la partida.
i 7 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Salida dura y fría, sin dolor, como una uña
que se cae, seca, de su carne; sin ilusión ni des-
ilusión. Despedida sin alas, las manos en los
bolsillos del abrigo, el cuello hasta las orejas, la
sonrisa inexpresiva, que no se siente y nos sor-
prende — ¿se ríe usted? — contestada por otra,
en el rostro pasado por agua.
Ya no se ven... A babor... Un paseo por toda
la borda... Bueno.
... La mar.
IV
MAR DE RETORNO
Diario
C L V I I
7 de junio.
NOSTALGIA
EL mar del corazón late despacio,
en una calma que parece eterna,
bajo un cielo de olvido y de consuelo
en que brilla la espalda de una estrella.
Parece que estoy dentro
de la mágica gruta inmensa
de donde, ataviada para el mundo,
acaba de salir la primavera.
¡Qué paz, qué dicha sola
en esta honda ausencia que ella deja,
en este dentro grato
del festín verde que se ríe fuera!
i 7 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
CUATRO de la madrugada: Mar azul Prusia.
Cielo verde malaquita. — Emociones. —
Seis de la mañana: Mar morado. Cielo gris.
— Sports. —
Nueve de la mañana: — Lectura. —
Una de la tarde: Mar ocre. Cielo blanco. —
Desamor. —
Cuatro de la tarde: Mar de plata. Cielo rosa. —
Nostalgia. —
Ocho de la tarde: Mar de hierro. Cielo gris. —
Pensamientos. —
C L V I I I
8 de junio.
MAR DE PINTOR
(Al encausto y en dos mitades.)
i 8 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CLIX
8 de junio.
[DESNUDO!
J r^ESNUDO ya, sin nada
l-L^más que su agua sin nada!
¡Nada ya más!
Este es el mar.
¡Este era el mar, oh amor desnudo!
C L X
9 de junio.
SOL EN EL CAMAROTE
Pensado mientras me baño viendo, por el tra-
galuz abierto, el mar azul con sol, y cantado,
luego, toda la mañana.
NO más soñar; pensar
y clavar la saeta ,
recta y firme, en la meta
dulce de traspasar.
i 8 i
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Todo es bueno y sencillo;
la nube en que dudé
de todo, hoy la fé
la hace fuerte castillo.
Nunca ya construir
con la masa ilusoria.
Pues que estoy en la gloria,
ya no hay más que vivir.
*de mi misma vigilia, y que con ella
— sueño del mediodía —
se van monstruos terribles
del horizonte puro.
* — Es cual una tormenta
de duermevela, cuyo trueno
no se supiera nunca
si fué verdad o fué mentira. —
C L X I
9 de junio.
MAR
veces, creo que despierto
i 8 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Se me abre el corazón y se me ensancha
como el mar mismo. La amenaza
huye por el oriente
a sus pasadas nubes.
El mar sale del mar y me hace claro.
ON una cantidad inmensa de pintura nueva,
^un escobón mágico pinta francamente, como
anuncio del espectáculo del día, la aurora, de-
coración sencilla: arriba, un gran oro, casi sin
amarillo, solo luz; abajo, un único azul, exube-
rante, derramado en sí mismo; debajo del sol
— que no se pinta — , un vaivén — de izquierda
a derecha — de ancha plata trasparente.
Ahora, a las sillas largas: estío del agua.
CLXII
o de junio.
AL FRESCO
i 8 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
CLXIII
e junio.
EL MAR
T E soy desconocido.
-L'Pasa, como un idiota,
ante mí; cual un loco, que llegase
al cielo con la frente
y al que llegara el agua a la rodilla,
la mano inmensa chorreando
sobre la borda.
Si le toco un dedo,
alza la mano, ola violenta,
y con informe grito mareante,
que nos abisma,
dice cosas borrachas, y se ríe,
y llora, y se va...
A veces, las dos manos
en la borda, hunde el barco
hasta su vientre enorme
y avanza su cabeza, susto frío,
hasta nuestro minúsculo descuido.
Y se encoge
de hombros y sepulta
DE UN POETA RECIÉN CASADO
su risotada roja en las espumas
verdes y blancas...
Por doquiera
asoma y nos espanta; a cada instante
se hace el mar casi humano para odiarme.
... Le soy desconocido.
CLXIV
1 1 de junio.
mar, cielo rebelde
caído de los cielos !
C L X V
12 de junio.
MAR DE PINTOR...
(¿DE MÚSICO?)
Alas dos de la tarde: Un movible y luciente
brocado verde plata.
A las seis y media: Los valles de espumas
blancas se llenan de rosas.
i § 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
A las siete y cuarto: Agua alta y verde.
Antecielo de nubarrones azul cobalto. Cielo
gris. Trascielo de oro.
O sé si es más o menos. Pero sé que el mar,
^ ^hoy, es el mar. Como un orador sin paz,
que un día llega a su plena exaltación, y es él
ya para siempre, porque la ola de su fervor
rompió su vaso, así, hoy, el mar; como un pin-
tor que acertase a dar en una sola pincelada la
luz del color de la aurora primera; como un
poeta que se hace en su alma una estrofa mayor
que el mundo, así, hoy, el mar; como una pri-
mavera que abre su flor mayúscula...
Hoy el mar ha acertado, y nos ofrece una
visión mayor de él que la que teníamos de
antemano, mayor que él hasta hoy. Hoy le
conozco y le sobreconozco. En un momento
voy desde él a todo él, a siempre y en todas
partes él.
C L X V I
¡EL MAR ACIERTA!
i 8 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Mar, hoy te llamas mar por vez primera. Te
has inventado tú mismo y te has ganado tú solo
tu nombre, mar.
CLXVII
de junio.
LO recuerdo, de pronto,
como un niño asustado
que se ha ido muy lejos, por el bosque,
se acuerda de su casa.
¡Oh memoria, memoria
necia, vieja pesada y habladora,
isla de llanto y cobardía!
CLX VIII
de junio.
HOY eres tú, mar de retorno ;
¡hoy, que te dejo,
eres tú, mar!
¡Qué grande eres,
de espaldas a mis ojos,
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
gigante negro hacia el ocaso grana,
con tu carga chorreosa de tesorosl
— Te quedas, murmurando
en un extraño idioma informe,
de mí; no quieres nada
conmigo; entre tu ida
y mi vuelta
resta el despego inmenso
de una eterna nostalgia. —
... De repente, te vuelves
parado, vacilante,
borracho colosal y, grana,
me miras con encono
y desconocimiento
y me asustas gritándome en mi cara
hasta dejarme sordo, mudo y ciego...
Luego, te ríes, y cantando
que me perdonas,
te vas, diciendo disparates,
imitando gruñidos de fieras
y saltos de delfines
y piadas de pájaros;
y te hundes hasta el pecho
o sales, hasta el sol, del oleaje
f 8 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
— San Cristóbal — ,
con mi miedo en el hombro acostumbrado
a levantar navios a los cielos.
Me siento perdonado. ¡Y lloro, mar salvaje
toda tu agua de hierro, luz y oro!
A solo hay que pensar en lo que eres,
A mar. Tu alma completa
en tu cuerpo completo;
todo tú, igual que un libro
leído ya del todo, y muchas veces,
que con su fin ha puesto
ñn a las fantasías.
Mar digerido, mar pensado,
mar en biblioteca,
mar de menos en la nostalgia abierta,
de más en el aguardo
de las visiones no gozadasl
Mar, mar, mar, mar
mónotono, minuto del reloj diario,
i 8 9
CLXIX
14 de junio.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
latido igual del corazón diario;
ya solo hay que pensar en lo que eres,
no hay que pensar en lo que eres,
¡oh mar inadvertido, no escuchado
de los oídos ya, ya no mirado
de los ojos, oh mar!
CLXX
14 de junio.
CONVEXIDADES
VUELVE el cielo su espalda,
vuelve su espalda el mar, y entre ambas
resbala el día por mi espalda. [desnudeces,
Lo que en el día queda,
es lo que dicen todos todo.
Nuestros tres pechos ¡Dios! están abiertos,
contra el todo de todos,
a lo que ignoran todos,
¡hacia todo!
1 9 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C L X X I
14 de junio.
AGUA TOTAL
SE borra el mar lejano, y el horizonte se viene
encima y aprisa, de modo que la raya última
del agua tiene ya la ola, suave primero, luego
grande, sobre el cielo. El aire se achica y el in-
terior de nuestro orbe se hace pequeño, como
el de una naranja cuya piel hubiese crecido hacia
dentro, o como un corazón hipertrofiado. El
mar parece una gotita del tamaño — ¡menor! —
del ojo que lo mira.
El cielo no es casi bóveda nuestra, sino posi-
ple visión convexa de otros. Llueve más. Agua
arriba y agua abajo, es decir, agua enmedio, y
toda de un color, digo, sin color, digo, negra... o
tal vez blanca... Solo agua, todo agua. Ahogo to-
tal, diluvio nuevo. En el arca, yo con mi familia
y una pareja de todos los animales conocidos.
1 9 1
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
C L X X I I
14 de junio.
NOCTURNO
TAN inmenso como es ¡oh mar! el cielo,
como es el mismo en todas partes,
puede el alma creerlo tan pequeño...
Enclavado á lo eterno eternamente
por las mismas estrellas,
¡qué tranquilos sentimos, a su amparo,
el corazón, como en el sentimiento
de una noche, que siendo solo nuestra madre,
fuera el mundol
¡Qué refugiados nos sentimos
bajo su breve inmensidad definitiva!
CLXXIII
15 de junio.
MAR DESPIERTO
H, cuán despierto tú, mar rico,
siempre que yo, voluble y trasnochado,
salgo a mirarte; siempre
1 9 2
D E UN POETA R E C I É N CASADO
que yo, los ojos ojerosos,
salgo, a mirarte, cada aurora!
Tu corazón sin cárcel,
de todo tu tamaño,
no ha menester reposo;
ni porque desordenes
tu hondo y alto latir sin cuento,
te amedrenta la muerte
por ningún horizonte.
¡Cuál juegas con tu fuerza,
de todos los colores
de las horas! ¡qué alegre y loco,
levantas y recoges, hecho belleza innúmera,
tu ardiente y frío dinamismo,
tu hierro hecho movimiento,
de pie siempre en ti mismo, árbol de olas,
y sosteniendo en tu agua todo el cielo!
¡Mar fuerte, oh mar sin sueño,
contemplador eterno, y sin cansancio
y sin fin, del espectáculo alto y solo
del sol y las estrellas, mar eterno!
Diario
i 9 3
13
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
CLXXIV
15 de junio.
LA luna blanca quita al mar
el mar, y le da el mar. Con su belleza,
en un tranquilo y puro vencimiento,
hace que la verdad ya no lo sea,
y que sea verdad eterna y sola
lo que no lo era.
Sí.
¡Sencillez divina
que derrotas lo cierto y pones alma
nueva a lo verdadero!
¡Rosa no presentida, que quitara
a la rosa la rosa, que le diera
a la rosa la rosa!
i 9 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
CLXXV
15 de junio.
PARTIDA^:
A JOAQUÍN MONTANER
HASTA estas puras noches tuyas, mar, no
el alma mía, sola más que nunca, [tuvo
aquel afán, un día presentido,
del partir sin razón.
Esta portada
de camino que enciende en ti la luna
con toda la belleza de sus siglos
de castidad, blancura, paz y gracia,
la contagia del ansia de su claro
movimiento.
Hervidero
de almas de azucenas, que una música
celeste hiciera de cristales líquidos,
con la correspondencia de colores
a un aromar agudo de delicias
que extasiaran la vida hasta la muerte.
¡Magia, deleite, más, entre la sombra,
que la visión de aquel amor soñado,
1 9 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
alto, sencillo y verdadero,
que no creímos conseguir; tan cierto
que parecía el sueño más distante!
Sí, sí, así era, así empezaba
aquello, de este modo lo veía
mi corazón de niño, cuando, abiertos
como cielos, los ojos,
se alzaban, negros, desde aquellas torres
Cándidas, por el iris, de su sueño,
a la alta claridad del paraíso.
Así era aquel pétalo de cielo,
en donde el alma se encontraba,
igual que en otra ella, sola y pura.
Este era, esto es, de aquí se iba,
como esta noche eterna, no se a donde,
a la tranquila luz de las estrellas;
así empezaba aquel comienzo, gana
celestial de mi alma
de salir, por su puerta, hacia su centro...
¡Oh blancura primera, sólo y siempre
primera!
... ¡Blancura de esta noche, mar, de luna!
i 9 6
DE UN PORTA RECIÉN CASADO
CLXXVI
DÍA ENTRE LAS AZORES
de la mañana. A SATURNINO CALLEJA
EL sol, que se enciende, lento, en blanca luz,
al afinarse las nubes de agua, alumbra de
plata verde el sur del mar de plomo carminoso.
Gotas dulces de llovizna barrida y gotas amar-
gas ele ola asaltadora no llegan confundidas a
los labios y a los ojos. Vamos al estío, enfunda-
dos hasta las orejas en las pieles de diciembre.
de la tarde.
MAR SÓLIDO
Está el mar de piedra, y las olas se barajan como
cartas o lascas de pizarra. Aquí y allá, vagas ma-
laquitas de imponderables verdes, profundos y
finos mármoles negros que descendieran, en es-
calinatas imantadas, al misterio. En súbitas apa-
riencias volubles, sobre la cima de las mudables
y minúsculas cordilleras de olas, remolinos de
yeso. Parece que es polvo la brisa. La boca y el
alma tienen sedes.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
de la tarde.
Al subir del comedor, no hay mar. Todos, sin
verlo, siguen creyendo que está. Pero no está.
No, no hay mar. El sol contagia toda la atmós-
fera lloviznosa, y todo es sólo luz blanca, suave,
vendada. En la unánime claridad, breves sangres
derramadas por heridas de albor, leves guirnal-
das vivas — ¿de qué? — no sé si por el agua o
por el cielo.
de la tarde.
¡ADIOS!
¡Qué lejos ya la triste cueva llorosa, de que
hemos salido ahora mismo, de las «Azores de la
lluvia constante! » (Salud alegre de la abierta tarde
de sol! El mar, Prusia otra vez, está como tajado
en infinitos planos de oscuros colores luminosos,
que se complican en cambiantes innumerables,
como si cada ola tuviera un parto perpetuo de
olitas. Claridades de nubes encendidas lo deslum-
hran sin reposo, y en las espumas de cada ola
rota, un arco iris eleva su lira de colores. — Así
Las Musas aclamando al Genio mensajero de luz»
de Puvis de Chavannes, femeninas olas blancas
de una mar ideal. — El cielo es hoy más grande
DE UN POETA RECIÉN CASADO
que el mundo, y parece que su gloria se ha ba-
jado al ocaso, que está ahí cerca, entre sus jar-
dines acuáticos. La última isla, casi de música,
suma de la ilusión, sale, como una proa de luz
cristalizada, de entre las nubes bajas, que la abra-
zan, que la cuelgan, que la coronan inmensamen-
te, en la desproporción mágica — ¡pobres de nos-
otros!— de su magnificencia apoteótica.
6 de la tarde.
LA ISLA TRANSFIGURADA
Malva, de oro y vaga — igual que un gran barco
boca abajo sobre el mar concentrado y azul ul-
tramar— , en un ocaso amarillo que ornan má-
gicas nubes incoloras, gritos complicados de
luz, la «Isla de los Muertos», de Bocklin. Mas
los cipreses están ardiendo esta tarde y los muer-
tos están resucitando. Oro, fuego, purificación.
El mar suena a César Franck.
7 V2 de la tarde.
Transfigurada ya y ardida, entre el sol del ocaso
y su largo derramamiento en el mar azul, como
un ascua que se apaga roja, malva y ceniza — ne-
gra por sitios, carbón que permanece — , la «Isla
— ¡Adiós, adiós, adiós! — del Juicio Final».
1 9 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
CLXXVII
16 de junio.
LOS TRES
EL gallardete, blanco,
se pierde en las estrellas mismas siempre.
Sólo estamos despiertos
el cielo, el mar y yo — cada uno inmenso
como los otros dos — .
Hablamos, lentos,
de otras cosas, serena y largamente,
toda la madrugada...
El gallardete, blanco,
sigue, agudo en el viento, en las estrellas mismas,
en las estrellas de antes, que ya faltan
algunas...
Canta el gallo
en la proa, y despiertan todos...
Sus últimas estrellas
recoge el cielo, sus tesoros
el mar, yo mi infinito,
200
DE UN POETA RECIÉN CASADO
y nos vamos del día luminoso
y venimos al día de la vida,
cerrados y dormidos.
C L X X V I I I
16 de junio.
POR el cielo de la Atlántida, líquido hoy
— ¡qué bajos! — , mirando al segundo cielo,
verde. — El fraile de las barbas azules, en un
afectado misticismo oratorio, rabo de púlpito,
las manos trenzadas sobre la boca, los ojos en
lejanía tras las gafas naranjas, dice, melifluo, a
la cubana de la cocaína: ¡Poder de Dios! ¡Ese
pico en medio del mar...! —
CLXXIX
16 de junio,
IRIS DE LA TARDE
A JOSÉ M.A LÓPEZ PICÓ
FINAMENTE, cada cima de ola, al congregar
su espuma, exalta, como una plumilla de co-
lores, un breve arco iris. El mar entero está ya
2 o i
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
lleno de arco iris, que le sueñan una música
ideal a su dilatado rumor de hierro, como una
junta de liras espirituales que, en levantamien-
to igual de aspiraciones, exaltaran en las olas
aspirantes, las musas marinas. Son estas gráciles
luces coloridas, lo mismo que un pensamiento de
cada ola, concertados por la unanimidad de su
armonía.
Algo que no es agua sale del mar con tales
iris, algo que nos conduce, de rosa en pájaro, a
esa estrella naciente de la tarde. Nuestros ojos
quieren adivinar qué misterio es éste, que así
persuade al alma, pero no lo consiguen, y se
cierran una vez y otra, en un naufragio cons-
tante de belleza. Surge por vez primera en mí,
y en su puesto, el mito de la sirena, como una
realidad perfecta. No sabe el cuerpo qué es ello;
sólo sabe que el atractivo de la ola engalanada
es cosa infantil que va para mujer y que se con-
cierta maravillosamente con la delgadez, la ter-
nura y la finura de la hora delicada.
Por dentro, al reflejarse estos iris multiformes
en el alma, triste por nada y por siempre, el
corazón recoge su color como un canto perfu-
mado; y se hace allí, en el fondo de su pasión
inmensa, una imagen de lo externo, en la que la
2 0 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
ola tiene una correspondencia entrañable, y la
espuma y el iris una adoración imitativa de cari-
cias y suspiros.
C L XX X
16 de junio,
soñando en la silla larga.
NOCTURNO EN LA TARDE
DEJASTE mi ideal, ya para siempre,
pequeño, pues que lo dejaste,
y amenazado de insistentes lutos,
iguales a las sombras de esas nubes
que enviudan la plata
— única y variable —
de la luna serena de esta noche
del mar.
|Qué blanco, antes,
qué despejado, como un solo pétalo
que fuese, cual la luna y como el cielo,
breve e inmenso;
...porque estaba sin sombral
203
JNUA RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
UBES de cobre grana ponen de cobre el mar
^ y azul de hierro. Metales líquidos. De oro vivo,
el oriente fulgura irresistible, acercando con su
duro límite listado de azul Prusia el horizonte del
agua. En el confuso despertar, su derramamien-
to amarillo sobre el agua es como si se hubiera
exaltado hasta un oro máximo, hecho grito, esta-
llido, resurrección el derramamiento de diaman-
te, alas blancas y platería que anoche, aquí mis-
mo, esparcía la luna en el mar de acero.
Parece que el cielo se ha roto como un gran
huevo fresco y que una yema sorprendente y
nunca presumida cuelga por doquiera del in-
menso cascarón; y que la brisa clara ha manado
infinitamente de un pomo del tamaño del mundo
como un unánime raudal de alegría y de vida,
filtrándose por todo esto, que es todo, y tras-
pasándonos a nosotros, que somos únicos, y que
con este amanecer, hemos tornado, mar y cielo
con el cielo y el mar, a las cosas, en un nuevo
arreglo del universo.
C LXXXI
17 dejunio.
AMANECER
204
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C L X X X I I
1 7 de junio.
ORO MÍO
A MANUEL MACHADO
VAMOS entrando en oro. Un oro puro
nos pasa, nos inunda, nos enciende,
nos eterniza.
¡Qué contenta va el alma
porque torna a quemarse,
a hacerse esencia única,
a trasmutarse en cielo alto!
...Sobre el mar, más azul, el sol, más de oro,
nos libra el alma, nos dilata
el corazón tranquilo
hasta la plenitud de lo increado.
¡Oro, oro, oro, oro, oro,
sólo oro y todo oro, no más que oro
de música, de luz y de alegría!
¡Ay, que torno a la llama,
que soy otra vez ya la lengua viva!
205
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
CLXXXIII
17 de junio.
NOCTURNO
POR doquiera que mi alma
navega, o anda, o vuela, todo, todo
es suyo. ¡Qué tranquila
en todas partes, siempre,
ahora en la proa alta
que abre en dos platas el azul profundo,
bajando al fondo o ascendiendo al cielo!
¡Oh, qué serena el alma
cuando se ha apoderado,
como una reina solitaria y pura,
de su imperio infinito!
206
DE UN POETA RECIÉN CASADO
OMPE la proa, en cabeceo gentil, el agua,
A Vazul, carmín, morada a un tiempo e inmensa-
mente, y el agua se rebela contra ella, y le gru-
ñe y le araña, engalanándola de una leonada
blanca y altiva de espumas de armiño. Al caer
de espaldas el agua, las espumas se tienden, ver-
des, floreciendo los flancos del barco con su de-
rrota hervorosa y voluble. Vencidas, lo acari-
cian aun un punto, despidiéndolo; y se quedan,
al fin, dejadas, olvidadas ya de él, jugando con
ellas mismas, sin nieve ya, cual en lagos de una
líquida malaquita ideal, musical más que pictó-
rica, que Verlaine, Debussy y Dulac unidos, tal
vez soñaran sin acierto; inimaginable.
El mar entero sube y baja, en un derroche de
fuerza, de gracia y de armonía. Las olas ensa-
yan toda su gama, en simulacro mágico. Galo-
pan como potros, se derraman como arbustos,
crecen como montañas, se dilatan como valles,
CLXXXI V
18 de junio.
MEDIODÍA
A NICOLÁS ACHÚCARRO
2 0 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
y ríen y lloran, y lo dicen todo y se callan de
pronto, y viven del cielo y lo matan, y se vis-
ten de brocados y tisúes y se desnudan del todo.
La sugestión del agua humanizada es eviden-
te. De tal modo llama su oculta belleza, que con
sólo decirle a nuestra alma: «Vente», se la lleva.
Y el cuerpo, entonces, persuasivo, arrastra al
alma mareada, con un gran esfuerzo delicadísi-
mo, de la borda al camarote.
A Jamás palpitó nada así, con la riqueza sin orillas
de tu movible y lúcido brocado verdeplata,
blanca entraña y azul de la belleza eterna;
criadero sin fin de corazones
de los colores todos
y de todas las luces;
¡mar vivo, vivo, vivo, todo vivo y vivo solo,
tan solo y para siempre vivo, mar!
C L X X X V
18 de junio.
VIDA
'U nombre hoy, mar, es vida.
208
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C L XXXV I
18 de junio.
i ?
ES verdad y mentira,
hija tan sólo del instante único,
pero es verdad.
La hace
una armonía de la tarde
y la ola,
y nace, entre la espuma y las estrellas,
como algo que no es, pero que quiere serlo,
o se quiere que sea,
y sonríe ante el alma fascinada.
¡Oh música desnuda, que perfumas,
blancamente, como un sabor, el cuerpo
hecho alma, cual tú, por la armonía
de la ola y la tarde!
Es verdad y mentira,
pero es verdad.
Diario
209
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
CLXXXVII
18 de junio.
NOCTURNO
L barco, lento y raudo a un tiempo, vence al
Lo azul se queda atrás, abierto en plata viva,
y está otra vez delante.
Fijo, el mástil se mece y torna siempre
— como un horario en igual hora
de la esfera —
a las mismas estrellas,
hora tras hora azul y negra.
El cuerpo va, soñando,
a la tierra que es de él, de la otra tierra
que no es de él. El alma queda y sigue
siempre por su dominio eterno.
mas no al cielo.
[agua,
2 1 o
DE UN POETA RECIÉN CASADO
E sonrío, al pasar, y le sonrío,
-"y le sonrío inmensamente;
y su rostro que nace, fresco y oro,
me mira fijo, mas cerrado
al sonreír sereno que le doy.
Sus ojos serios y mi boca
sonreída,
se quedan solos, cuando la distancia
los borra, desprendidos, pobres,
ellos en su dureza
y ella en su ternura.
— Primaveras y ángeles, un punto,
dentro, no saben nada,
y son un cuadro de museo
esas verdades rosas
del sueño, y ya no hay músicas
tiernas, a las estrellas. Un hastío vano
C L X X X V I I I
9 de junio.
NIÑO EN EL MAR
2 I I
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
abre la boca de los ñiños
en el cielo. —
Soñando,
le sonrío hasta el fin de mi sonrisa,
y hasta el fin, mira el niño mi sonrisa,
serio.
CLXXXIX
19 de junio.
CIEGO
DE pronto, esta conciencia triste
de que el mar no nos ve; de que no era
esta correspondencia mantenida
días y noches por mi alma
y la que yo le daba al mar sin alma,
sino en un amor platónico.
¡Sí, inmensamente
ciego!
Aunque esta luna llena y blanca
nos alumbre, partimos las espaldas
del agua en una plenitud de oscuridades.
2 1 2
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Y no vistos del mar,
no existimos por este mar abierto
que cerca nuestra nada de horizontes
verdes, resplandecientes e ideales.
Este miedo, de pronto...
CXC
19 de junio.
NO sé si el mar es, hoy
— adornado su azul de innumerables
espumas — ,
mi corazón; si mi corazón, hoy
adornada su grana de incontables
espumas — ,
es el mar.
Entran, salen
uno de otro, plenos e infinitos,
como dos todos únicos.
A veces, me ahoga el mar el corazón,
hasta los cielos mismos.
Mi corazón ahoga el mar, a veces,
hasta los mismos cielos.
2 1 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ ; DIARIO
ERDAD, sí, sí; ya habéis los dos sanado
▼ mi locura.
El mundo me ha mostrado, abierta
y blanca, con vosotros,
la palma de su mano, que escondiera
tanto, antes, a mis ojos
abiertos, [tan abiertos
que estaban ciegos!
¡Tú, mar y tú, amor, míos,
cual la tierra y el cielo fueron antes!
¡Todo es ya mío ¡todo! digo, nada
es ya mío, nada!
CXCI
19 de junio.
TODO
AL MAR Y AL AMOR
2 I 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C X C I I
Cabo de San Vicente,
19 de junio.
¡YA!
H, la tierra nos ve, nos ve, sí, sí, la tierra
nos ve!
Dulce y antigua
dueña de su hermosura, con los ojos
abiertos desde y hasta los humanos
corazones acostumbrados, desde siglos,
a ver, menos o más, nos ve.
El sol, grana, orna,
más vivido, la tierra azul, porque es mirado
también.
¡Oh, la tierra nos ve, nos ve... y nos piensa!
Sí. ¡Ya somos! ¡Ya soy!
2 1 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIA RIO
C X C I I I
19 de junio.
IBERIA
7 TBERIA de oro, que entreveo ya en la bruma,
I ^llegando, cada vez más roja
— leones hechos tierra —
frente al ocaso de donde venimos!
¡Iberia mía, coronada de cúmulos de malva y de
¡Iberia, desde este [ópalo!
viento puro y sereno que nos trae!
— ¡Oh, qué bueno, Dios mío,
es tener corazón! —
¡Leones hechos tierra!
¡Muros de tierra seca,
primeros, guardadores, con su capa
de arrugas, de la madre
pobre, seria y herida!
— ¡Oh, qué bueno, qué bueno
es tener corazón! —
¡No! ¡Irás sacando, España,
como esta tarde para mi alma, enfrente
2 1 6
DE UN POETA RECIÉN CASADO
del sol que ha de salir, por ti, mañana,
toda tu alma a flor de tierra, ardiente, joven,
tierra hecha leones,
llamas en vez de muros!
— ¡Oh, qué alegre, qué bueno
es tener corazón! —
C X C I V
19 de junio.
NOCHE ÚLTIMA
ESTRELLAS, más estrellas, más estrellas.
— Se han acercado y hablan
conmigo. — [Oh, qué puerta de estrellas
para entrar en España!
El cielo se ha colgado al pecho
— al alma —
su tesoro mayor, completo y puro,
que el mar absorto mira en calma.
Y el barco, fácilmente,
más alto — ¡no pesamos nada! — ,
rompe, raudo,
el agua,
2 1 7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
que le adorna los flancos
de un raso negro, roto en rojas platas vagas,
resplandor indeciso
de planetas
y de la vía láctea.
Vamos al corazón por el misterio,
trémulos, sin hablar, todos a proa,
en una inmensa ansia.
C X C V
20 de junio,
cuatro de la mañana.
¡YA!
AUN la luna, encallada ya en el día,
deslumhra
la noche de la media mar morada,
en donde, llenas por el noroeste,
moradas velas tienen
en su alegre henchimiento
el rosa del oriente...
El faro todavía, plata ya y pequeño,
grita, tres veces cada vez:
¡Tierra, tierra, tierra!
2 1 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Tierra, otra vez. La última,
la primera, la mía,
¡la tierra!
A famosa poesía de Browning que yo, sin
'razón quizás y recordando otra suya, sitúo
aquí, en este punto del planeta, insiste en mi
cabeza y en mi corazón, como una mariposa
que siempre vuelve, traducida ella misma, sin
esfuerzo inteligente por mi parte:
Vuelto el cabo, de repente surgió el mar.
Por cima de la montaña, miró el sol:
Y fue ', al punto, una áurea n¿ta para él,
y un fatal mundo de hombres para mi.
CXC VI
20 de junio,
saliendo el sol.
«DESPEDIDA MATINAL
2 1 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
CXCVII
Agua de España,
30 de junio.
DENTRO
¡pATRIAy alma!
I A Y el alma también es como la patria,
perdidas, dentro, sus orillas dobles
en el oro infinito de lo eterno.
Una abriga a la otra
como dos madres únicas
que fueran hijas de ellas mismas,
en turno de alegrías y tristezas.
Todo y sólo está en ellas;
a ellas tan sólo hay que entregarlo todo,
de ellas tan sólo hay que esperarlo todo,
de la cuna a la muerte.
...Ahora que el cuerpo entró en su patria,
el alma se le entra.
¡Así, bien llenol [Así, todo completo!
¡Con mi alma, en mi patria!
220
V
ESPAÑA
CXC VIII
20 de junio,
amanecer.
CÁDIZ
DE un cielo bajo y malva, que limitan,
sobre el cielo más alto, verde y puro,
vagos cúmulos de ópalo
con un vago pedazo de arco iris,
Cádiz — igual que un largo brazo fino y blanco,
que España, desvelada en nuestra espera,
sacara, en sueños, de su rendimiento
del alba,
todo desnudo sobre el mar morado —
surge, divina.
— Con las bombas que tiran
los fanfarrones,
se hacen las gaditanas
tirabuzones. —
223
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Los besos matutinos , nuevos
y frescos, se adelantan
en la brisa total, a esa blancura.
¡Hoy sí que amanecel
¡Hoy sí que vas saliendo
sol violeta, que sales
con rueda de albos radios infinitos,
sobre el mar detenido por España!
¡Hoy sí que te ve el alma amanecer, sol sobre
FRESQUITOS MATINALES
ERANO andaluz! ¡Cómo olvida el cuerpo
I ▼ lo que deja, o lo que le deja! ¡El recuerdo
del cuerpo; mujer!
Este fresquito de Cádiz es el fresquito más
alegre, más abierto, más alto que ha sentido mi
carne nunca en el verano. Se diría que el aire-
cilio surte del mar, como de su centro, que él
mismo es otro mar de aire que sube y anega y
[el alma!
CXCIX
Cádiz,
21 de junio.
2 2 4
DE UN POETA RECIÉN CASADO
sepulta este montón de limpieza, de colores cla-
ros — este blanco con verde chillón, únicos — , de
finura; que estamos en un aireario ideal, dentro
del aire, que fuera como el alma del aire, cuya
vestidura, desnuda ella, se le hubiera caído al
suelo.
... Y digo alto, abriendo inmensamente el pe-
cho al aire, por la calle estrecha — sucesión de
claridades, encaje de matices suaves — : ¡Qué
fresco tan rico! ¡Qué fresco tan rico!
Y un loro grita en un balcón: «¡Qué fresco tan
rico!» «¡Qué fresco tan rico!»
C C
21 de junio.
CÁDIZ
A F. R. SANDOVAL
EN el botón de oro de mi puño, Cádiz, un po-
quito más pequeña que es, se refleja toda,
tacita de oro, ahora. Está, en mi orito redondo,
como en su mundo, con su torre de Tavira, con
su mar y su cielo completos por el círculo. To-
dos sus colorines, esos verdes de sulfato de co-
bre con cal, esos rosas de geranio, esos azules
Diario 225 I5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
marinos, esos blancos traslúcidos, al recogerse
en lo diminuto, parecen facetillas de una breve
ciudad de diamante enquistada por mano fililí
en mi botón, que el oro del metal magnifica
como en una caída de tarde espiritual, nítida y
gloriosa.
— Ahora yo hago la noche con mi manga.
Cádiz no existe. —
C CI
Cádiz, ai de junio.
PLAZA NOCTURNA
SILENCIO ya. Únicamente grita — en silen-
cio y en el recuerdo de ahora mismo — el
colorín de los cafés de cristales del muelle,
vacíos ya del todo, cuya policromía rodea de
nostalgia mi alma, digo, la plaza ésta, frondosa,
esmeralda fresca, bien oliente, trasparente y va-
cía. Intermitentemente, un cielo sin azul, estre-
llas todo, de estos cielos tesoros de aquí, y dos
cielos verdiblancos, como encalados, espectrales,
de pesadilla, que crea el faro sobre una ciudad
de torres blancas, coronación de la Cádiz dor-
mida, y no dan tiempo casi a ser cielo de los
226
DE UN POETA RECIÉN CASADO
ojos. Y los ojos se empeñan en cazarlos, vez
tras vez, en obstinado deseo...
La brisa anda por las magnolias, que se están
bañando, desnudas, en la sombra... Entre el ver-
dor espeso y lustroso, dos gatos negros se escu-
rren, clavándose sus ojos rayos verdes. Silencio,
más silencio cada hora, como más sombra...
CCII
22 de junio.
DE CÁDIZ Á SEVILLA
A J. MORENO VILLA
ENTRE los candeleros verdes de la pita, el
sol poniente colma de dorados carmines los
cuadros de las salinas blanquiazules. Alguna
vaca negra pace, solitaria, en la quietud del
anochecer de las marismas, de islote en islote
de camarinas. Un viento amplio, que infla el
poniente como una gran *vela y se lleva la tarde
como un barco, entra hasta el alma misma un
agudo olor de sal y pino.
(En Cádiz, que va dando la vuelta, el faro, so-
bre el amarillo de miel del poniente, comienza
227
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DI ARIO
su vela, con una luz verde y violeta, que es aún
como una joya cerrada, sin un solo resplandor
hacia fuera.)
Es cual una naturaleza enmendada por un
pintor que le hubiese enseñado su hermosura
y la pintara de nuevo con más jugo y más brío;
como la verdadera entraña de la tierra, salida de
lo más hondo a lo más claro; profusión de bien-
estares que dan a cada sentido su más aguda
sensación, la cual, analizada, no se sabe de dónde
viene hoy más que otro día, y que es poco su-
poner que mana del fondo sólo de la naturaleza.
CCIII
Sevilla,
23 de junio.
CLAVELES
A JOSÉ MARÍA IZQUIERDO
ESTE clavel, esta fuente grana de esencia,
colma de su viva frescura sensual todo el
color azul y oro de la tarde que, siendo azul y
oro, es roja por dentro, como si tuviera alma de
sangre y la trasparentara el sol poniente.
Es cual si yo tuviera en mi mano, dentro del
cuerpo de Sevilla, cogido su corazón. Es como si
228
DE UN POETA RECIÉN CASADO
todos los corazones de sus mujeres se hubieran
hecho un solo clavel, este clavel que yo tengo
en mi mano, del puesto verde de la calle de las
Sierpes.
Este clavel es el mundo, que se ha hecho del
tamaño de un clavel, digo, de Sevilla, que está
prendida, clavel único, madre de claveles, sobre
el pecho izquierdo de la naturaleza.
... La tarde va cayendo, y como una mantilla
negra, el anochecer viene sobre Sevilla; y la luna,
roja igual que un clavel, asoma entre su nuca,
fresca con el río, y el cielo hondo de su pelo.
N campo muy bajo, casi sin campo, terroso,
^-'gris, seco. Un cielo muy alto, cielo sólo,
blanco. Un gran olor a heno, áspero abajo, pu-
rísimo arriba. ¿Se van a separar la tierra y el
cielo?... Grillos y estrellas, enredados, atan el
paisaje.
C C I V
Sevilla,
23 de junio.
ORILLAS NOCTURNAS
229
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
UELVO una vez y otra del mundo,
▼ mi pensamiento cada vez más rico
de almas de años muertos,
de renovado espíritu.
|Qué lejos, desde lejos — y qué otro — ,
de todo esto, siempre igual y desvalido!
¡Qué cerca
de todo esto, qué lo mismo
siempre,
qué igual, qué igual a ello,
al llegar, frente a frente,
del eterno cariño!
C C V
De Sevilla a Moguer,
24. de junio.
SEMPER
A MI HERMANO
23O
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C C V I
De Sevilla a Moguer,
24 de junio.
TRIGO Y JAR AMAGO
A JAVIER DE WINTHUYSEN
LBINO todo y amarillo, valle y colina,
-^como dos cabecitas de niña y de niño que
durmieran todavía, una contra otra, entre las
blancas cortinas rosadas de la mañana. A ras de
flor, cual un ensueño, la brisa. Y como oídos en
el sueño de los niños, pájaros, en un venir melo-
dioso al despertar de calor y de alegría.
^ que tú eres como el mar; que aunque las olas
de tus años se cambien y te muden,
siempre es igual tu sitio
al paso de mi alma.
C C VII
Moguer,
24 de junio.
MADRE
'E digo al llegar, madre,
2 3 1
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
No es preciso medida
ni cálculo para el conocimiento
de ese cielo de tu alma;
el color, hora eterna,
la luz de tu poniente,
te señalan ¡oh madre! entre las olas,
conocida y eterna en su mudanza.
IEBLA, roja en el verde aun oscuro
I ± y de la mañana;
roja ruina, al primer sol, pedazo último
de mi corazón roto — que con su ala
última, alón sin pluma, me ha seguido
hasta ti, Niebla ya lejana — ,
con su roto pedazo — silba el tren —
último de mi alma!
C C V I I I
Niebla,
30 de junio.
232
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C C I X
De Moguer a Madrid,
30 de junio.
A MI MADRE
? /~\ UÉ bien le viene al corazón
I V^su primer nido!
¡Con qué alegre ilusión
torna siempre volando a él; con qué descuido
se echa en su fresca ramazón,
rodeado de fe, de paz, de olvido!
... ¡Y con qué desazón
vuelve a dejarlo, pobre y desvalido!
¡Pairee que, en un trueque de pasión,
el corazón se trae, roto el nido,
que se queda en el nido, roto el corazón!
233
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
C C X
Sevilla,
30 d« junio.
CORO DE CANÓNIGOS
A RICARDO DE ORUETA
EN un bajo de sombras, carmines súbitos y
trémulas luces, incoloras con el día de las
vidrieras, ondula, como un mar sólido, la pre-
surosa y alborotada desentonación de incom-
prensibles latines, tocados de vino y de carne
por un brío basto y senil. El coro está abierto al
cielo de la cúpula, que un violeta indecible, fun-
diendo la piedra gris, hace falsamente verdade-
ro; pero la bullanga, que, cortando la hora, se
coge con los comienzos los finales, no sube más
alto de lo que es techo ilusorio que ella misma
pone, con su mayor densidad, en el plano bajo a
donde llega, y allí se queda, en aquella cámara
grosera, arrollada y tropezando, como en el
propio infierno correspondiente a su teatral re-
presentación del cielo.
— La tarde empieza a ser, en las cosas, divina.
Los colores se enlazan, en trama delicada y en-
cendida, por las altas soledades, en donde sus
234
DE UN POETA RECIÉN CASADO
almas libertadas por las heridas de la luz, se
subliman. Paz. Palmas. Gloria... —
Y el órgano, de pronto, que la mano dura de
un ojo que no ve acaricia, le pone al bodegón
un nublado de impetuosa música ascendente,
y revuelve y borra su orgía con una atronadora
revolución celeste, que lo deja preso en el sóta-
no correspondiente a su coceo, a su rumia y a
su rebuzno subhumanos.
C C X I
De Sevilla a Madrid,
30 de junio.
¡ADIOS!
SOÑANDO, EN EL TREN
H, qué verde te quedas
atrás, Andalucía,
qué blanca entre tus agrias
viñas!
Los altos miradores,
en donde el sol complica
colores de cristales
— malva, rosada su cal nueva — ,
te miran tu alegría.
2 3 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
— En todos está mi alma
con Ja veleta, arriba,
arriba.
... Aquí y allá, el mar, lejos,
en encendidas cintas — .
EL sol dora de miel
el campo malva y verde
— roca y viña, loma y llano — .
La brisa rinde, fresca y blanda,
la flor azul de los vallados cárdenos.
Nadie ya, o todavía,
en el inmenso campo preparado,
que con cristal y alas
la alondra adorna.
CCXII
La Mancha,
i de julio.
AMANECER
Aquí y allá, abiertos y sin nadie,
los rojos pueblos deslumhrados.
236
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C C X I 1 1
t de julio.
MAÑANA
A D. VÁZQUEZ DÍAZ
OLVO inmenso. Por sus ojos morroñosos,
piedra y cielo.
A la sombra miserable y de andrajo de un
solo verde enfadado, dormido y sucio, unos bo-
rregos negros y grises marcados de almagra, se
aprietan cabizbajos — sin cabeza — bajo el in-
menso y único sol.
Se siente que el tren traza una negra línea
larga. Punto rechinante y hueco: jCastilleejo!
C CXI V
Madrid.
L mar este, cerrado
y solo, que el relámpago de acero,
como una espada súbita,
trae, en la visión medrosa
de la tarde de espanto y de tormenta;
237
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
es el mar en que estuve
yo, riente, entre niños;
el mar que fué mi casa,
mi día y mi sustento; el mar rosa y vencido,
que me llevó al amor?
EL gallo canta, sin respuesta,
en la proa, que rompe,
firme, la madrugada grana, gris y fría;
y su grito se pierde, solo,
por el mar, contra el sol que se levanta
por un hueco fantástico de nubes.
Agua y cielo son, juntos con su grito,
de sangre y oro,
de sangre que no mancha, sino que purifica,
de oro que enriquece sólo el alma.
CCX V
Madrid.
SOÑANDO
(AURORA EN EL MAR)
2 3 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C C X V I
Madrid,
3 de octubre.
ELEGÍA
AHORA parecerás ¡oh mar lejano!
a los que por ti vayan,
viendo tus encendidas hojas secas,
al norte, al sur, al este o al oeste;
ahora parecerás ¡oh mar distante!
mar; ahora que yo te estoy creando
con mi recuerdo vasto y vehemente.
CCX VII
Madrid,
domingo.
SENCILLEZ
ENCILLEZ, hija fácil
de la felicidad!
Sales, lo mismo,
por las vidas, que el sol de un día más,
por el oriente. Todo
lo encuentras bueno, bello y útil,
como tú, como el sol.
239
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
¡Sencillez pura,
fuente del prado tierno de mi alma,
olor del jardín grato de mi alma,
canción del mar tranquilo de mi alma,
luz del día sereno de mi alma!
240
RECUERDOS
DE
AMÉRICA DEL ESTE
ESCRITOS EN ESPAÑA
CCXVIII
DE EMILY DICKINSON
(AMHERST, MASS. 1830- 1886)
«EL MASTÍN SOLO»
11
EL Alma que tiene Huésped
rara vez sale de Sí.
Más Divina Compañía
quita la necesidad;
y cortesía prohibe
que salga de Él el Señor,
mientras el Rey de los Hombres
está de visita en Él.
XXVII
¡Resplandor de un acto heróicol
¡Qué extraña iluminación!
— La mecha lenta del Puede
prende en la Imaginación. —
243
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
L V
Dos Puestas de sol te mando.
— El Día y Yo competíamos;
hice dos y unas estrellas,
mientras Él hacía una. —
La Suya es más grande. — Pero
como Yo le dije a alguien,
las Mías están mejor
para llevarlas a mano. —
( Con unas vistosas flores,)
CCXIX
NATIONAL ARTS CLUB
New York.
EXPOSICIÓN permanente de huéspedes. Res-
taurant de retratos. <¡Se come? En la sala de
acuarelas, digo, en el comedor, toilettes extrava-
gantes, poses inaguantables. Se habla sin color
y están torcidas las palabras.
Los cuadros que comen, servidos por estas
jóvenes hosteleras de blanco sucio y celeste te-
rreno, con pelo equivocado y verde Veronés en
244
DE UN POETA RECIÉN CASADO
las uñas, parecen, á la luz cuya escasez velan
tulipanes de papel de seda rojo y amarillo — ¡Su
bandera! me dice Nerón, mirándome en los
ojos con el monóculo — entre guirnaldas de vie-
jo honor empolvado; parecen, a veces, personas
¿qué hemos visto? — ¿dónde? ¡no en la calle! —
¿Queso? No, no se come; se hace como que
se come. Y no es que no haya comida, más o
menos cierta, comida que ha servido de modelo
para muchas naturalezas muertas; es que — ¡ya!
¿cómo no lo había pensado antes? — se repre-
senta una comida en simpatía de Ratan Devi. Si;
estoy seguro de que, habiendo comido y bien,
este museo malo piensa en ir a comer a otra
parte. Ensayo general de comida al carbón,
con algún toque de color. ¡Y son manjares de
verdad!
Ya se levanta Cleopatra y se pone en su
doscientos años de carne rubia una dalmáti-
ca india... ¡Y se arrodilla ante el Dr. Coomaras-
wamy!
2 4 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
CC X X
BOSTON EN DOMINGO
LAS flores ordenadas — tulipanes, junquillos,
azaleas — miran — como en altares hacia
afuera — por los cristales morados, para ver a las
estatuas — ¡horror! — a las ardillas, a los gorrio-
nes, a las palomas y a nosotros dos.
C C X X I
BANQUETE
Boston.
de pastores unitarios — y pastoras — en el Hotel
Somerset. Salida: larga fila recta, en un anuncio
malo de ropa hecha. Al final, la mujer del últi-
mo furgón, digo, pastor, deja, tras su modesta
sensualidad, la estela chillona de una gran alca-
chofa roja de trapo que lleva sobre el tope del
traje negro, como la luz de cola de un tren.
246
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C C X X 1 1
EL MEJOR BOSTON
CALLES Marlborough, Commonwealth y
Newberry: tres tijeras paralelas de casas de
chocolate, que el día alarga y encoje la noche.
CC XX III
¿EL CIELO?
New York.
PARA ser de imitación, no está mal. Un poco
yerto, desvaído y duro. — Estos pintores de
anuncios son bastante buenos, ¡caramba! [Más
arriba! ¡Más arriba! ¡No se caen ustedes, hom-
bres! ¡Más arriba, que todavía se huele la pin-
tura y no se huelen todavía las primeras rosas
eternas!
247
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
CCXXI V
NDAN por New York — mala amiga ¿por
^quéf de Boston, la culta, la Ciudad-Eje, —
unos versillos que dicen así:
Here is to good oíd Boston
The iown ofthe beacon and the cod,
Where the Cabofs only spcak to the LowelVs
And the Lowel! s only speak to God.
He conocido bien a una Cabot. ¡Cómo deben
aburrirse los Lowell's! He leído «La fuente> de
Lowell. ¡Cómo debe estarse aburriendo Dios!
a la mitad, se me caen, como notas falsas, las
notas... Sí, estas estrellas parecen las estrellas de
la bandera solamente.
CCXX V
DUERMEVELA
New York.
TRA vez las estrellas! No acaban
de convencerme. Empiezo el aria y,
248
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C C X X V I
COLON Y CL UB
New York.
A MIGUEL GAYARRE
SE encoje uno sin querer, entrando. Pero...
¿aquí vamos a tomar el café, con tantos loros?
¡Que se viene el techo abajo, por Dios!...
Una lorería de todos los colores posibles e
imposibles, pesadilla de una señora nostálgica de
un trópico malo, vuela por el falso verde de me-
tal de un jardín, que queriendo ser aéreo, se en-
reda, como plomo, por la inteligencia. Equiva-
lencia en dolares: I.OOO.OOO. ¡Ah... entonces!...
Entonces el corazón se achica pensando en los
otros techos que la artista pintará con ese mi-
llón que le ha robado al sueño. ¡Lo que soñará
¡Dios santo! á costa del Trópico, del Polo y del
Ecuador!
Como el millón suena en el techo, la gente
mira al millón de loros, ellas — ¿de qué carnaval
de cementerio? — con muy poca mortaja, única
inteligencia, ellos con el monóculo, ojo único.
249
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Mr. B n, crítico de artes, autor de un catálo-
go, un loro más, que, desgraciadamente, es más
verdad que los del techo, y vuela, ¡viene hacia
mí! Mientras me habla, ceremonioso, con el ra-
billo del ojo veo bajar y subir loros de la chi-
menea al techo. ¡Como hablan, fumando!. ..
Luego, la noche toda quitándome, como te-
larañas, loros y enredaderas de la cabeza. ¡Qué
fiebre verde y roja, verde y azul, verde y ama-
rilla, verde!... Y amanezco envenenado.
C C X X V I I
SECCIÓN
De Garden City a New York,
en tren.
HOMBRES cansados, que sueñan en que
van mascando goma. Señoras extra-
ordinarias del vivero del Hotel Martha Washing-
ton, que piden al negro una mesita para hacer
solitarios... Humo áspero. Sonrisas sin razón ni
respuesta. Soñolencia.
De pronto, el tren empieza a seccionar casas.
Sí, no es una calle, es que el tren corta una
250
DE UN POETA RECIÉN CASADO
manzana... A derecha e izquierda, en las vi-
viendas sin fachada — como en aquellas seccio-
nes de un barco o una fábrica que tanto me
intrigaban de niño, — el peluquero, la modista,
el florista, el impresor, el sombrerero, el sastre,
el carpintero, trabajan, cada uno en su piso, tras
su cristal sin puerta, bajo sus lucecitasde colores.
A he visto en el Cosmopolitan y me ha lie
-1— 'nado de compasión, de alegría y de triste-
za, todo junto. Apenas puede tenerse en pie y
anda, con su bastoncito, como con ruedas. Watts
es ya rosas, bajo la tierra. Ella, sobre la tierra,
es aun gusano.
Es sabido que, muy joven, esta mujer se casó
con Watts, quien pintó, sin duda, con ella, la
«Eva tentada» y, pensando en ella, ese trágico
«Minotauro» que, sin poder escapar de su torre,
olfatea el horizonte y le brama al poniente. Para
que la primavera duerma con el invierno se ne-
CCXX VIII
EX MRS WATTS
New York.
2 5 í
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
cesíta una hora de doble hermosura extraordina-
ria, pocas veces mezclada en la naturaleza. Acor-
dáos de Dante, de Ruskin, de Víctor Hugo...
Un día, Eva se presentó a Watts, que pinta-
ba tal vez «El amor y la muerte», vestida de
egipcia; le cantó y le bailó unas monaditas, y,
como si se fuera de un espectador por el foro de
un teatro, se fué de él y de su casa para siempre.
Y Watts se quedó solo con su «Amor sobre el
mundo», que parece su epigrama doliente.
ENVÍO
...El siempre de más allá del ocaso, era este:
New York astroso y frío, la vejez débil y presa,
y yo para decírtelo, Watts triste.
CCXXIX
TRANVÍA
New York.
GAFAS. Pantorrillas de fieltro alto, arruga-
do y fangoso. (Van al baile y son ellas so-
las la pareja). Gafas. Ningún ojo claro. Mandíbu-
252
DE UN POETA RECIÉN CASADO
las incansables — ¡qué cansancio! — que mascan
goma, sin fin. Gafas. Borrachos sin gracia, que
hacen reír risas de mueca a todo un mundo de
dientes de oro, plata y platino. Gafas. Amari-
llos, cobrizos y negros con saqué blanco, es
decir, negro, es decir, pardo, y sombrero de
copa de ocho... sombras. Gafas. ¡Cuidado! ¡Que
me pisa usted los ojos! Mirada, digo, gafada sin
vida. Gafas, gafas, gafas.
c cxxx
AUTHOR'S CLUB
New York.
CREÍ siempre que en New York pudiera no
haber poetas. Lo que no sospechaba es que
hubiese tantos poetas malos, ni un tugurio como
este, tan seco y polvoriento como nuestro Ate-
neo Madrileño, a pesar de estar en un piso I5>
casi a la altura del Parnaso.
Son señores de décima clase, que cultivan pa-
recidos físicos a Poe, a Walt Whitman, a Ste-
venson, a Mark Twain, y que se dejan consu-
mir el alma con su cigarro gratuito, hechos uno
2 5 3
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
con él; melenudos que se ríen de Robinson, de
Frost, de Masters, de Vachel Linsday, de Amy
Lowell, y que no se ríen de Poe, de Emily
Dickinson y de Whitman, porque ya están
muertos. Y me muestran paredes y paredes lle-
nas de retratos manchados y autógrafos en bar-
quillo, de Bryant, de Aldrich, de Lowell, de,
de, de...
... He cogido de la fumadora un cigarrillo y,
encendiéndolo, lo he echado en un rincón, sobre
la alfombra, a ver si el fuego se levanta y deja,
en vez de este Club de escoria, un alto hueco
fresco y hondo, con estrellas claras, en el cielo
limpio de la noche de abril.
C C X X X I
¡DULCE LONG ISLA N D ... /
ULCE Long Island, ondulada y suave, con
tus cerezos en flor, tus senderos poéticos,
tu brisa unánime, tus pájaros infinitos más que
la simiente de la adormidera; con tus valles al
mar, tus enredaderas del bosque, tus bibliote-
quitas aldeanas bajo los árboles, y tus muertos
254
DE UN POETA RECIÉN CASADO
entre tus vivos; con tus carreteras finas como la
planta de los pies, con tus muchachas lectoras
y jardineras; dulce isla alfombrada de flox blan-
cos, malvas, rosas...
Long Island, isla dulce; ¿por qué, en tu sitio
mejor, Mr. T i ha levantado esa casa terrible
de hierros, mármoles y cristales, galerías poli-
cromas y osos blancos por docenas, dragones es-
pantosos y retortas iluminadas — ¡oh fuentes! — ,
ruinas de Pompeya y restos de terremoto de
Mesina, anclas y malaquitas, loros disecados y
armaduras, columpios de bronce y cuadros de
opio, divanes turcos y pianolas; dulce Long
Island?
... No sé el nombre de la opereta cosmopolita
y omnisecular, que en este invernadero del cere-
bro paralítico, en este mausoleo del gusto, en
esta tumba de los sentidos, van a echar al mar
por el muelle indio, ¡oh pobre viejo barco que-
mado, que tienes que ver desde tu prisión de
bambalinas el libre mar azul, que tienes que sen-
tirte artificial también, en lo natural, y más tris-
te que yo, que ahora mismo voy a tomar el tren
que vuela... ¡dulce Long Island!
2 5 5
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
C CXXXII
WALT WHITMAN
PERO, ¿de veras quiere usted ver la casa
de Whitman mejor que la de Roosevelt?
¡Nadie me ha pedido nunca tal cosa...!
... La casa es pequeña y amarilla, y está junto
a la vía férrea, como la casa de un guarda-
agujas, en una praderita verde limitada de pie-
drecillas con cal, bajo un sólo árbol. En torno,
el llano inmenso se ofrece al viento, que lo barre
y nos barre, y deja mondo el mármol tosco y
humilde que le dice a los trenes:
TO MARK THE BIRTHPLACE OF
WALT WHITMAN
THE GOOD GRAY POET
BORN MAY, 31 - 1819
ERECTED BY THE COLONIAL SOCIETY
OF HUNTINGTON IN 1905 1
Como el estanciero no parece que está, doy
vueltas a la casa, intentando ver algo por sus
ventanuchos... De pronto, un hombre alto, lento
1 Aquí nació — W. W. — el buen poeta gris... etc.
256
DE UN POETA RECIÉN CASADO
y barbudo, en camisa y con sombrero ancho,
como el retrato juvenil de Whitman, viene — ¿de
dónde? — y me dice, apoyado en su barra de
hierro, que no sabe quién es Whitman, que él
es polaco, que la casa es suya y que no tiene
ganas de enseñársela a nadie. Y, encogiéndose,
se mete dentro, por la puertecita que parece de
juguete.
Soledad y frío. Pasa un tren, contra el vien-
to. El sol, grana un instante, se muere tras el
bosque bajo, y en la charca verde y un poco
sangrienta que bordeamos, silban, en el silencio
enorme, innumerables sapos.
1# IV JO puedo más!
1 i — ¡Hasta la luna, solol
— -¿Hasta la lunaaaa...?
— ¡Sí! ¡Solo toda la Quinta, y ya estamos!
CCXXXIII
New York.
Diario
2 5 7
*7
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
C C X X X I V
COSMOPOLITAN CLUB
ORRIBLE vejez la del snobismo! — Sí, es
1 * ^ la misma, esté usted segura, Miss S 1;
la misma. La misma, con su cara de ceniza, sus
grandes gafas redondas, su disfraz blanco de viu-
da y su gran adormidera roja en el vientre, hin-
chado por el concentrase de la carne que pre-
siente el gusano último... —
Es natural la fe ciega de estas señoras en cual-
quier carnaval nuevo — secta religiosa, rama de
arte, batallón de algo — . Detrás de mí, en la
soledad de la sala azul y miel, tres, que bien
pudieran ser las tres Gracias, pero pintadas por
Holbein para la Z de su alfabeto, fuman en una
actitud de abandono a un ideal que cabe entre
sus ojillos y sus gafas, y un humo que hace blan-
das rosquillas azules, le vela sus capotas, cada
una de las cuales es un complicado postre malo,
con todos los colores de la primavera, del vera-
no, del otoño y del invierno, mezclados en un
pasarse de excarnestolendas.
New York.
DE UN POETA RECIÉN CASADO
No sé de dónde salen, como no sé dónde se
mueren los pájaros. Son tantos como ellos... y
algunas lechuzas más.
CCXXX V
LAS VIEJAS COQUETAS
New York.
EVA, Semiramis, Safo, Cleopatra, Agripina,
Lucrecia Borgia, María Estuardo, Ninon de
Léñelos... todas las viejas con historia de la lla-
mada Historia, viven aquí, en la sexta Avenida,
su vida apartada, o en Grammercy Park, o en
Broocklyn, discretamente, en pisos suaves a la
moda del momento, que les arregla Miss Elsie de
Wolfe o Miss Swift, de gracia, un poco recar-
gados por ellas con ciertos recuerdos de época,
salvados de saqueos, de naufragios, de quemas,
de abandonos. En cualquier reunión de los últi-
mos martes de la «Poetry Society» — «National
Arts Club» — o en el «Cosmopolitan>, o en el
«Actors'», están todas, con dientes de oro, afei-
tadas, arrugadas, pecosas, pañosas, cegatas, de-
pilado el vello perdurable, que, como es sabido,
2 5 9
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
le crece, con las uñas, a los muertos; descotadas
hasta la última costilla o la más prístina grasa,
llenos hombros y espaldas milenarios de islas
rojas y blancas, como un mapa de los polos.
Visten su ancianidad, de náyade, con hier-
bas verdes en la calva, de Ofelia coronada, de
Cleopatra, con la nariz de Pascal, de lo que sea
preciso o impreciso, con todas las cosas posibles
e imposibles — casullas españolas, dalmáticas
indias, rusas, carnes paradisiacas — y se pren-
den en cualquier sitio flores de calabaza, mala-
quitas de a kilo, plumas de avestruz, de águila,
de cuervo o de pavo real...
Desveladas siempre del sepulcro, y sin miedo
de llegar tarde, o con lluvia o nieve, al piso 12
de sus cementerios, son las últimas que se reti-
ran, pues conservadas en champagnes infinitos
sus arrugadas arrugas empolvadas, son las pre-
feridas de las sillas de desvelo. No se acuerdan,
a tales horas, del Paraíso, ni de Babilonia, ni de
Lesbos, ni de Alejandría, ni de Roma, ni de
Italia, ni de Escocia, ni de París, que, por otra
parte, ¡están tan lejos para volver de madrugada!;
y se quedan con cualquier poeta cubista, robin-
soniano o bíblico, quien las diga en mal verso
libérrimo o en peor verso redondo inglés — en-
260
DE UN POETA RECIÉN CASADO
decasílabo de Pope — , un epitafio galante, que
les hace olvidar sus idiomas patrios, ya en rui-
nas entre los restos de sus dientes.
¡Qué terciopelos con espinas y qué cenizas con
sedas! Pero sonríen a todos, como claves sin te-
clas, y coquetean con el chauffeur, con el por-
tero o con el negro del ascensor y se alejan mi-
rando. ¡Pero cualquiera va, a través de los siglos,
con esta nieve, a sus sepulcros!
CC XXX VI
WASHINGTON DESDE SU OBELISCO
PROYECTO dulce, malva y verde, bajo un
cielo de vitrina empolvada, de una ciudad,
visto desde la punta de un compás.
CCXXX VII
Washington.
TEATRO. Un lunar de luz deslumbrante y
fría — como el sol y la luna a un tiempo —
persigue mal, el rostro feo, deshecho y pintado,
2 6 i
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ ; DIARIO
de la mujer, tan procaz que exhibe en él todo el
cuerpo desnudo. La mujer canta. Tiene un gato
y una gallina dentro. A veces es sólo el gato. A
veces, la gallina sola. A veces, gallina y gato se
agarran en una terrible pelea de maullidos, alo-
nazos, arañones y cacareos...
Se trata de un himno a la paz, desde la «pre-
paración». Aplauso serio y cerrado.
CCXXX VIII
Philadelphia.
T^ROAD Street": Una iglesia pequeña e indig-
-*~^na, de esta piedra verdosa, blanducha, visco-
sa y desagradable como jabón malo, que por
aquí tanto usan; y sucia y desconchada, y como
tirada a la basura, descompuesto ¡más todavía!
con roturas y estallidos, el desconcierto de co-
lores crudos de las vidrieras de loros y de lagar-
tos celestiales. A la puerta, en un cartel torcido»
rechinante y descolgado:
SE VENDE O ALQUILA
78 X 92 PIES
SAMUEL W. LEVIS
RAZÓN: EDIFICIO DE COMPRA Y VENTA DE FINCAS
262
DE UN POETA RECIÉN CASADO
C C X X X I X
LA CAMA DE FRANKLIN
Philadelphia.
HE visto ayer el lecho de Washington, el de
Lafayette, otros...
— ¿Y el de Franklin? — pregunto en la mesa
de Arcadia.
(Las señoras se tapan una sonrisa y los caballe-
ros callan un punto, sonriendo. Y se habla de los
postres exquisitos, del vino, del agua que cae...)
Luego, Mr. W 1 se me acerca y me dice
al oído:
— Franklin no durmió dos noches en un mis-
mo lecho... y ninguna en el suyo.
C CXL
UN IMITADOR DE BILLY SUNDAY
New York.
BILLY Sunday, el terrible predicador, no se
atreve a venir a esta «Ciudad de incrédu-
los». Pero tiene discípulos de una «fuerza» rela-
263
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
tiva. Así este Pastor A. Ray Petty, de la Iglesia
Anabaptista de Washington Square. He aquí
dos de sus anuncios:
Anuncio en C:
Organ recital 7.45 P. M.
THE CRISES OF THE CHRIST Preaching 8 P. M.
SPECIAL SUNDAY EVENING SERVICES
A. RAY PETTY
APRIL 2 D. CHRIST AND THE CROWD
9 TH. CHRIST AND THE COWARD
TOPICS l6 TH. CHRIST AND THE CROSS
23 D. CHRIST AND THE CONQUEST
30 TH. CHRIST AND THE CROWN
SPECIAL MUSIC — GOOD SINGING — YOU ARE WELCOME
Es decir:
Recital de órgano a las 7.45 de la tarde.
Crisis del Cristo Sermón a las 8 de la tarde.
FUNCIONES ESPECIALES EL DOMINGO POR LA NOCHE
A. RAY PETTY
abril 2 Cristo y la Caterva
9 Cristo y el Cobarde
TEMAS 16 Cristo y la Cruz
23 Cristo y la Conquista
30 Cristo y la Corona
música extraordinaria - buen canto - ¡bien venid 0 sea s
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Anuncio en sportsman
BASEBALL SERMONS
SUNDAY EVENING AT 8 P. M.
A. RAY PETTY, Pastor
MAY 14 TH. THE PINCH HITTER
TOPICS MAY 21 ST. THE SACRIFICE HIT
MAY 28 TH. GAME CALLED ON ACCOUNT OF DAR-
KHESS
LIVE MESSAGES HOT OFF THE BAT
Es decir:
SERMONES DE BASEBALL
LOS DOMINGOS POR LA NOCHE, A LAS 8
A. RAY PETTY, Pastor
MAYO 14 «EL PALA» EN APRIETO
TEMAS MAYO 21 GOLPE SACRIFICADO
MAYO 28 SE SUSPENDE EL JUEGO A CAUSA DE LA
OSCURIDAD
MENSAJES DE VIDA ACABADOS DE SALIR DE LA PALA
... Es noche de primavera. La plaza, verde; el
cielo, un poco dorado aún del día caliente y pol-
voriento; la luna, como un pájaro de luz, de árbol
a árbol; el aire, húmedo de los surtidores des-
flecados por el viento fuerte y grato. Parece la
plaza el gran patio de una casa de vecinos. En
265
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
DIARIO
los bancos, gente sórdida, que duerme en frater-
nal desahogo. Borrachos, borrachos, borrachos
hablando con niños, con la luna, con quien pasa...
De MacDougal Alley vienen musiquillas y gri-
tos de la gente que se ve bailar en las casas
abiertas. La iglesia también está de par en par.
Entran en ella los gritos de los niños y salen de
ella los gritos del pastor semiterrible que, sin
cuello, se desgañita en su sermón — sudor y
gestos — de frontón.
CCXLI
LA CASA DE POE
New York.
A. J. M. DE SAGARRA
la casa de Poe? ¿Y la casa de Poe?
<jY la casa de Poe?
-¡...?
Los jóvenes se encogen de hombros. Alguna
viejecita amable me susurra:
— Sí; una casa chiquita, blanca; sí, sí, he oído
de ella. Y quiere decirme dónde está; pero su
memoria arruinada no acierta a caminar dere-
cho. Nadie guía. Y vamos a donde nos semidi-
266
DE UN POETA RECIÉN CASADO
cen, pero nunca la encontramos. ¿Es, acaso, una
mariposa?
Y, sin embargo, existe en New York, como en
la memoria el recuerdo menudo de una estrella o
un jazmín, que no podemos situar más que en un
jazminero o en un cielo de antevida, de infancia,
de pesadilla, de ensueño o de convalecencia.
Y, sin embargo, yo la veo, yo la he visto en
una calle, la luna en la fachadita de madera
blanca, una enredadera de nieve en la puerteci-
11a cerrada ante la que yacen muertos, con una
nieve sin pisadas, igual que tres almohadas pu-
ras, tres escalones que un día subieron a ella.
CCXLII
DESHORA
New York.
**Una farola de cristal negro con letras en-
cendidas en blanco:
BINGDON Sq.» Dos de la m
INASMUCH
MISSION
(Misión con motivo de...)
SERVICES AT 8 P. M.
267
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ : DIARIO
Entre dos escaparates de pobres y aislados
grape fruits y tomates, cuyos amarillos y carmi-
nes duermen un poco, tristes, hasta mañana, una
escalerilla sucia baja a una puerta humilde. Todo
en dos metros de espacio y encuadrado, como
esquelas de defunción, en madera de luto con
polvo. Y en un cristal de la puerta, con luz:
(¿Qué he de hacer para salvarme? Ven a oir
al Rev. L. R. C.)
CCXLIII
CRISTALES MORADOS
Y MUSELINAS BLANCAS
RISTALES morados!... Son como una
I ejecutoria de hidalguía. Hay muchos en
Boston y algunos en New York, por el barrio
viejo de Washington Square, ¡tan grato, tan aco-
gedor, tan silencioso! En la Ciudad-Eje especial-
mente, estos cristales bellos perduran y se cui-
dan con un altivo celo egoista.
WHAT MUST I DO TO BE SAVED ?
COME AND HEAR
REV. L. R. CARTER.
2 6 8
DE UN POETA RECIÉN CASADO
Son de la época colonial. En su fabricación
se emplearon sustancias que, con el sol de los
años, han ido tornándolos del color de la ama-
tista, del pensamiento, de la violeta. Parece que
por ellos se viese, entre las dulces muselinas
blancas de sus mismas casas en paz, el alma
fina y noble de aquellos días de plata y oro ver-
daderos, sin sonido material.
Como las flores y las piedras que antes dije,
los hay que tienen casi imperceptible el tono, y
hay que hacer habilidades para vérselo; otros,
lo dan vagamente, cuanto los pasa el sol, las tar-
des de ocaso puro, en las muselinas blancas, sus
hermanas; otros, en fin, son ya morados del todo,
podridos de nobleza...
Con ellos sí está mi corazón, América, como
una violeta, una amatista o un pensamiento, en-
vuelto en la nieve de las muselinas. Te lo he ido
sembrando, en reguero dulce, al pie de las mag-
nolias que se ven en ellos, para que, cada abril,
las flores rosas y blancas sorprendan con aroma
el retorno vespertino o nocturno de las sencillas
puritanas de traje liso, mirada noble y trenzas
de oro gris, que tornen, suaves, a su hogar de
aquí, en las serenas horas primaverales de te-
rrena nostalgia.
269
ÍNDICE
I
HACIA EL MAR
Págs.
I. — ¡Qué cerca ya del alma . . . . 21
II. — Raíces y alas 22
III. — Mientras trabajo 22
IV. — Clavo débil 23
V. — La Mancha 23
VI. — Sonando 25
VII. — Los rosales 26
VIII.— ¡Giralda! 26
IX. — Amanecer dichoso 27
X. — Madrigal 28
XI. — Primer almendro en flor .... 28
XII.— Gracia 29
XIII. — Moguer 30
XIV. — Tarde en ninguna parte . . . . 31
XV. — A una mujer 32
XVI. — Amanecer 32
XVII.— Duermevela 33
XVIII. — Tú y Sevilla . 34
XIX.— De la guía celeste 35
XX. — ¡Dos Hermanas! . . . . . . 35
XXI. — Tren de todas las tardes .... 36
XXII. — A una andaluza 37
Diario 273 £8
Págs.
XXIII. — ¡Adiós...! 38
XXIV. — Puerto real 38
XXV. — La terrible amenaza .... 39
XXVI. — Aun cuando el mar es grande . . 40
II
EL AMOR EN EL MAR
XXVII. — ¡Tan finos como son tus brazos . 43
XXVIII.— Cielo 43
XXIX. — Soledad 44
XXX. — Monotonía 45
XXXI. — Venus 46
XXXII.— Despertar 47
XXXLIL— ¡Estrellas! 48
XXXIV.— Cielo 49
XXXV. — Nocturno 50
XXXVI.— Cielos 51
XXXVII. — LOS NUBARRONES TRISTES . . . 52
XXXVIII. — Sol en el camarote 53
XXXIX.— Menos 54
XL.— Mar . | 55
XLI.— Mar . . | 55
XLII. — Sensaciones desagradables. . . 56
XLIII— Cielo 58
XLIV.-¡No! . 58
XLV. — Hastío 59
XLVI.— ¡Qué peso aquí en el corazón . . 60
XLVII. — Fiesta natural 61
XLVIII. — Argamasilla del mar .... 62
XLIX. — Estela verde y blanca. ... 63
L. — Mar llano 63
LI. — ¿No ves el mar? 63
274
Págs.
LII. — Niño en el mar 64
LUI. — Fin de tormenta 65
LIV. — Llegada ideal 66
LV. — La rosa has hecho 68
LVL— ¡Sí! 69
III
AMÉRICA DEL ESTE
LVII. — Te deshojé . ...... 75
LVIIL— Ocaso de entretiempo . 75
LIX.— Golfo 76
"LX.— Sky 78
LXL— Rubén Darío 79
LXII. — Physical culture . . . •. 81
LXIII. — Todo el día 82
LXIV.— Bebimos 82
LXV. — Túnel ciudadano 83
LXVL—Berceuse 84
LXVIL— Fililí . . . . . . . . 85
LXVIIL— ¡Qué trabajo 86
LXIX.— De Boston a New York ... 87
LXX.— Sueno en el el tren . . . . 91
LXXI. — Felicidad 92
LXXIL— Espina 92
LXXI1I. — La muerte 93
LXXIV.— NewSky 94
LXXV. — Sí. Estás conmigo ¡ay! . . . . 95
LXXVL— Orillas del sueño 95
LXX VII. — Tus imágenes fueron .... 96
LXXVIII. — La casa colonial 97
LXXIX. — Todo dispuesto ya 98
LXXX. — Iglesias 99
2 7 5
Págs.
LXXXI. — Humo y oro 100
LXXXII. — Cementerio 101
LXXXIII. — El prusianito 102
LXXXI V. — ¡Qué dulce esta tierna trama! . 104
LXXXV. -Silencio 104
LXXXV1.— En Subway 105
LXXXVIL— En la sortija 105
LXXXVIÍI. — Pesadilla de olores . . . .106
LXXXIX.— La negra y la rosa . . . .107
XC. — Epitafio ideal 108
XCL — ¡Fuego! 109
XCII.— Cuando, dormida tú . . . .110
XCIII. — Primer día de primavera . . . 111
XCIV. — Cementerio en Broadway . . 111
XCV. — ¡QUÉ DÉBIL EL LATIDO . . . . 113
X^VI. — AliRIL, DULCE 113
XCVII.— A Nancy 114
XCVIII. — ¡Qué angustia! 115
XC1X. — Crepúsculo 115
C— Primavera 116
CI. — Domingo de ramos . . . 117
OI. — Tormenta 118
OIL- Abril 119
OV. — Saliste, entonces . . . .119
CV. — Tarjeta 120
CVI. — ¿Sencillo? 120
CVII — ¿Primavera? 121
CVIIL— <...? 121
CIX. — El árbol tranquilo . . . .122
CX. — Desvelo 124
CXL— La luna 125
CXII. — Primavera 126
CXIII.— Idilio 126
CX1V. — Garcilaso en New York . . .127
276
Págs.
CXV.— Oasis 129
CXVT. — jVivA la primavera! .... 130
CX VIL— Canción 131
CXVIIL— Alta noche 132
CXIX. — Serenata espiritual . . . .133
CXX. — Sí. Aprenden de nuestro sueno . 135
CXXL— Amor. 135
CXXII. — Prolongación de paisaje . . . 136
CXXIII. — De pronto, cayendo ya el sol . 137
CXXIV. — Día de primavera en New Jersey . 138
CXX V.— Epitafio 143
CXX VI. - Mariposa malva 143
CXXVIL- Puerto 145
CXXVIII. — Cementerio alegre 145
CXXIX. — Tarde de primavera .... 146
CXXX. — «Me siento azul» 148
CXXXL— Nocturno 1 49
CXXXÍL— ;El cielo? 150
CXXXIII. — Marina de alcoba . . . .151
CXXXIV. — Noche en Huntington . . .152
CXXXV.— Elegía 155
CXXX VI.— Aquí está ya 156
CXXXVII. — ¡Qué distancia, aquí . . . .157
CXXX VIII. — Tarde de primavera . . . 157
CXXXIX. — Hemos estado en ello . . .159
CXL. — Cementerios 160
CXLI. — Dejarse mandar 161
CXLIL— Nocturno 160
CXLIII. — Rectificación con el sol . . .163
CXLIV. — Nota a miss rápida . . . .164
CXLV. — Paisaje de constable . . . .164
CXLVI. — Remordimiento 165
CXLVII. — A Miranda, en el estadio . .166
CXLVIII.™ Amanecer 168
277
Págs.
CXLIX.— Abril .196
CL. — Retrato de niño . . . . . 169
CLI. — Ausencia de un día . . . .170
CLII. — La moral en el amor . . . .171
CLIII. — Víspera 172
CLIV. — Puerto 173
CLV. — Remordimiento 174
CLVI. — Despedida sin adiós . . . 175
IV
MAR DE RETORNO
CLVII.— Nostalgia 179
CLVIII.— Mar de pintor 180
CLIX.— ¡Desnudo! 181
CLX. — Sol en el camarote . . . .181
CLXL— Mar 182
CLXIL— Al fresco 183
CLXIIL— El mar 184
CLXIV. — ¡Oh mar, cielo rebelde . . .185
CLX V.— Mar de pintor 185
CLXVI. — ¡El mar acierta! 186
CLXVIL— ... Lo recuerdo, de pronto. . .187
CLXVIIL— Hoy eres tú 187
CLXIX.— Ya solo hay que pensar . . .189
CLXX. — Convexidades 19°
CLXXI.— Agua total 191
CLXXIL— Nocturno 192
CLXXIII.— Mar despierto 192
CLXXIV. — La luna blanca 194
CLXXV.— Partida 195
CLXXVI. — Día entre las azores . . . . 197
CLXXVIL— Los tres 200
278
Págs.
CLXXVIII. — Por el cielo de la Atlántida . 201
CLXXIX. — Iris de la tarde 201
CLXXX. — Nocturno en la tarde . . . 203
CLXXXI. — Amanecer 204
CLXXXII. -Oro mío 205
CLXXXIIL— Nocturno 206
CLXXXIV.— Mediodía 207
CLXXXV.— Vida 208
CLXXXVL— i ? 209
CLXXXVII.— Nocturno 210
CLXXXVIIL— Niño en el mar 211
CLXXXIX. — Ciego 212
CXC. — No sé si el mar es, hoy . . . 213
CXCI. — Todo 214
CXCIL— ¡Ya! 215
CXCIII. — Iberia 216
CXCIV. — Noche última 217
CXCV.-¡Ya! 218
CXCVI. — «Despedida matinal» . . .219
CXCVII.— Dentro 220
V
ESPAÑA
CXCVIII. — Cádiz 223
CXCIX.— Fresquitos matinales . . . 224
CC. — Cádiz 225
CCI. — Plaza nocturna 226
CCII. — De Cádiz a Sevilla . . . . 227
CCIII. — Claveles 228
CCIV. — Orillas nocturnas .... 229
CC V. — Semper 230
CCVI. — Trigo y jaramago .... 23.1
279
Págs-
CCVII.— Madre 231
CC VIII. — ¡Niebla, roja en el verde. . .232
CCIX.— ¡Qué bien le viene al corazón . 233.
CCX. — Coro de canónigos .... 334
CCXL— ¡Adiós! ....... 235
CCXII.— Amanecer 236
CCXIII- Mañana 237
CCXIV. — ¿El mar este . . . . . . 237
CCXV.— Soñando 23$
CCXVL— Elegía 239
CCXViL— Sencillez 239
VI
RECUERDOS DE AMÉRICA DEL ESTE
ESCRITOS EN ESPAÑA
CCXVIII. — De Emily Dickinson .... 243.
CCXIX.— National arsclub . ... 244
CCXX. — Boston en domingo .... 246
CCXXI. — Banquete 246
CCXXII. — El mejor Boston 247
CCXXLII.— ¿El cielo? 247
CCXXI V.— Andan por New York ... 248
CCXXV. — Duermevela 248
CCXXVI.— COLONY CLUB 249
CCXXVIL— Sección 250
CCXXVIII.- Ex mrs Watts 251
CCXXIX. — Tranvía 252
CCXXX.— A UTHORS' CLUB 253
CCXXXL— ¡Dulce Long Island ...! . . . 254
CCXXXII — Walt Whitman 2 56
CCXXXIII.- ¡No puedo más! 257
CCXXXIV. — COMOSPOLITAN CLUB. . . . 25a
280
Págs.
CCXXXV. — -Las viejas coquetas. . . .259
CCXXXVL— Washington desde su obelisco . 261
CCXXXVII. -Teatro 261
CCXXXVIIL— Broad Street 262
CCXXXIX.— La cama de Franklin . . 263
CCXL.— Un imitador de Billy Sunday 263
CCXLI.- La casa de Poe 266
CCXLIL— Deshora 267
CCXLIÍI. - Cristales morados .... 268
(Nota:
ESTE Diario, más que ninguna otra obra mía, es un libro
provisional. Es probable que, más adelante, cuando me olvide de
él y lo crea nuevo, lo corrija más, es decir, algo; y es posible que
le quite las leves correcciones que ahora le he hecho y lo deje casi
en esencia.
No sé lo que será. Sé que, hoy, me parece este libro mío un bo-
ceto de él mismo, no sé si boceto de más o de menos, que me quiero
quitar de encima o de debajo, para libertarme, por este lado del
alma y del cuerpo, del mí reciente, molesto y sin revisión por
ahora, de hace sólo un año).
FIN
ESTE LIBRO
SE ACABÓ DE IMPRIMIR
EN LA IMPRENTA DE FORTANET
DE MADRID
EL 20 DE ABRIL DE
1917
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